Notas literarias, textos teatrales, líricos, narrativos, audiovisuales y fílmicos
lunes, 30 de junio de 2014
¡Jaime Sabines, el Placer de la Metáfora!
A la poesía mexicana, entre otras de sus grandes contribuciones, Jaime Sabines le ha traído un público, estrictamente suyo, no sólo de lectores, no sólo de oyentes, no nada más producto de la cultura poética, de ninguna manera sin tratos con la cultura poética, un público sui generis que traza el panorama donde se contradice la idea generalizada del abandono irremediable y masivo de los poetas a los que se califica ahora sin esas palabras como seres errantes de la zona del autoconsumo.
El poder de convocatoria de Sabines radica, según creo, en la capacidad de animar el placer de la metáfora, recurriendo a elementos cotidianos. Ese don formidable de convertir en expresión sabiniana lo que antes de él pudo ser de cualquiera de nosotros: Yo no lo sé de cierto, lo supongo.
Ingresar a lo entrañable Jaime Sabines, desde luego, maneja los numerosos planos de la expresión poética, pero su arraigo multitudinario se inicia en la naturalidad asombrosa con que, por ejemplo, recoge la lección del bolero y la trasmuta en estética extraordinaria, como sucede célebremente en el caso de Los amorosos, un poema de Horal, el primer libro publicado a sus 24 años, un poema al que no agotan ni estropean las declamaciones escolares ni la repetición: ''Los amorosos juegan a coger el agua, a tatuar el humo, a no irse, juegan el largo, el triste juego del amor..."
En las ocasiones en que he visto en acción al público de Sabines, esos amorosos que no se avergüenzan de toda conformación, he percibido o creído percibir que para buena parte de ellos Recuento de poemas o Nuevo recuento de poemas le significaron el ingreso a un mundo de estímulos inesperados, ligados a la música de la palabra, a la emoción largamente vivida de una metáfora, a la posibilidad de asomarse a una sensibilidad que desconocían en ellos mismos, y comparten su pasión inaugural con los habituales de la poesía, los enterados. Los recién llegados y los lobos del mar de las imágenes se asombran por igual con Los amorosos: ''les llega a veces un olor a tierra recién nacida, a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas, a arroyos de agua tierna y a cocina, los amorosos se ponen a cantar entre labios una canción no aprendida y se van llorando, llorando la hermosa vida".
¿Existe algo parecido a tierra recién nacida? ¿Qué conjunto escultórico equivaldría a las mujeres que duermen con la mano en el sexo? ¿Dónde se localizan los arroyos de agua tierna? Las metáforas iluminan las vidas que se viven naturalmente en prosa, y Sabines, como en su momento Neruda, como inesperadamente García Lorca, como a su tiempo Carlos Martínez Rivas o Roberto Juarroz, consigue la adhesión de quienes, al admirarlo, se convierten ante sus propios ojos y muy legítimamente en poetas instantáneos.
"Jaime Sabines es el poeta más leído de México y el más querido. Es un hombre que no sólo ha transmitido a través de su poesía el amor en todas sus formas, sino también el desgarramiento del alma y del cuerpo en sus formas más dolorosas y trágicas".
Carlos Monsiváis
CRÉDITOS AUDIO
VOCES
Dunia Rodríguez y Juan Manuel Guzmán.
Operación técnica: Lázaro Palma Salaya
Realización: Juan Manuel Pérez Guzmán para la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco
Canal: REAGRUPACIÓN TOMILLERA
Categoría: Ciencia y Cultura
Subcategoría: Arte y literatura
Género: Radio
Procedencia: Mexico
Idioma: castellano
Fuente: http://www.ivoox.com/jaime-sabines-placer-metafora-audios-mp3_rf_602963_1.html
Niño de la Kalashnikov
![]() |
| Niño de la Segunda Guerra Mundial |
¡No conocí a mis padres!
No sé, pienso que no tuve,
pero mi hermana Hannan
dice que sí, que ella los conoció
antes de que una bala los matase.
van marchando
con sus uniformes
y sus rifles.
Los veo reír.
¿De qué ríen?
Observo a mi pueblo llorar.
¿De qué ríen ellos?
Los soldados son felices,
los miro grandes y fuertes.
¡Seré soldado para reír!
Muchas veces los miro...
y sus rifles.
Los veo reír.
¿De qué ríen?
Observo a mi pueblo llorar.
¿De qué ríen ellos?
Los soldados son felices,
los miro grandes y fuertes.
¡Seré soldado para reír!
Muchas veces los miro...
Antes de matar a los
hombres de mi pueblo
se santiguan.
![]() |
| Soldado alemán prisionero |
¿Y quién será Dios?
No lo sé, nadie me lo ha enseñado.
Todos están muy ocupados.
¡Supongo que Dios es otro soldado!
Su general quizás.
¡No! No conozco a Dios,
solo miro soldados.
El miedo si lo conozco
el llanto,
las heridas y las balas,
pero sobre todo el hambre.
¡El hambre! Una sensación
de vacío, unos intestinos
que arden ¡eso sí!
Dios ¡no!
He visto muchos soldados,
algunos pasan los ojos por papeles
esos que llaman periódicos,
y no sé que miran.
Yo conseguí uno
He visto muchos soldados,
algunos pasan los ojos por papeles
esos que llaman periódicos,
y no sé que miran.
Yo conseguí uno
y solo se ven como hormigas aplastadas.
¡No se que miran!
Solo son hormigas aplastadas.
¡Me haré soldado para ser feliz!
Y tener de esas botas,
y ropa, y sobre todo comer.
¡Los soldados comen bien!
Los he visto comer.
¡Quiero dejar de sentir hambre!
...
¡Me conseguí una Kalashnikov!
Pero mi pueblo no tiene ejército
solo son ellos.
Dicen que viene de América
para que tengamos libertad.
La verdad:
¡No sé que es la libertad!
Pero dicen que ellos la traen,
yo les miro curioso y muchas veces
busco en sus pertrechos
esa mentada libertad.
¡Pero solo hay balas, muchas balas!
De esas que destrozan los cuerpos.
La deben traer guardada en sus mochilas.
¿Se comerá la libertad?
¡No se que miran!
Solo son hormigas aplastadas.
¡Me haré soldado para ser feliz!
Y tener de esas botas,
y ropa, y sobre todo comer.
¡Los soldados comen bien!
Los he visto comer.
¡Quiero dejar de sentir hambre!
...
¡Me conseguí una Kalashnikov!
Pero mi pueblo no tiene ejército
solo son ellos.
Dicen que viene de América
para que tengamos libertad.
La verdad:
¡No sé que es la libertad!
Pero dicen que ellos la traen,
yo les miro curioso y muchas veces
busco en sus pertrechos
esa mentada libertad.
¡Pero solo hay balas, muchas balas!
De esas que destrozan los cuerpos.
La deben traer guardada en sus mochilas.
¿Se comerá la libertad?
![]() |
| Niño de la Segunda Guerra Mundial |
¿Quizás será una medicina
que recuperará los campos que destruyen?
¿O será un vegetal uno rico y grande
que palie el hambre de mi pueblo?
¿Libertad?
No sé, será el nombre de un pan
o de una fruta.
Se que soy pequeño, apenas ocho años,
pero ya tengo una Kalashnikov.
¡Solo me faltan balas y saber manejarla!
¡No sé como funciona la guerra!
Creo que por cada hombre que matas
te dan comida,
y botas.
Sé que los soldados viven bien,
aunque a muchos los he visto morir.
¡Me haré soldado!
En mi pueblo no hay ejército
Solo ellos, los americanos.
¡Qué importa! le escribiré a su general:
¡Dios, creo que así se llama!
Le pediré que quiero ser soldado
y comer
y reír
que me de esa libertad
para meterla en la mochila
y llevarla a mas pueblos.
y botas.
Sé que los soldados viven bien,
aunque a muchos los he visto morir.
¡Me haré soldado!
En mi pueblo no hay ejército
Solo ellos, los americanos.
¡Qué importa! le escribiré a su general:
¡Dios, creo que así se llama!
Le pediré que quiero ser soldado
y comer
y reír
que me de esa libertad
para meterla en la mochila
y llevarla a mas pueblos.
Y comer y tener zapatos...
¡Bueno hoy dormiré,
mi nombre es Ahmad
mañana, me haré soldado!
![]() |
| Niño de la Segunda Guerra Mundial |
¡Bueno hoy dormiré,
mi nombre es Ahmad
mañana, me haré soldado!
José Dimitri
domingo, 29 de junio de 2014
La dama de las Camelias
Es una novela inspirada en un hecho real de la vida de Alejandro Dumas (hijo), el autor. La novela pertenece al movimiento literario llamado en la época como Realismo, siendo de las primeras que formarían parte de la transición del romanticismo.
La ópera “La Traviata” de Giuseppe Verdi, se basó en esta novela.
Personajes:
Margarita Gautier conocida como “La Dama de las Camelias”: Protagonista de la novela, es cortesana del rey, está relacionada con muchos caballeros. Nació en el campo, pero abandonó a su familia para vivir en París; siempre carga consigo un ramo de camelias. Era hermosa pero muy delicada de salud.
Armando Duval: Joven que se enamora de Margarita. Fue un amor a escondidas. Nunca aceptaría en su totalidad la condición de Margarita.
SOBRE EL AUTOR
Biografía:
Alejandro Dumas, hijo, nació en París el 27 de Agosto de 1824, fue hijo natural del gran novelista Alejandro Dumas con la costurera Marie Lebay. Vivió una infancia tranquila junto a su madre, pero al llegar a los 17 años dejó los estudios yéndose a vivir con su padre.
En 1847 publicó su primer libro de poemas bajo el título de Pecados de juventud y un año más tarde La Dama de las Camelias, considerada su mas grande obra literaria, inspirado en sus amores con la hermosa cortesana Marie Duplessis, quien sería su conviviente tras un romance tan intenso como desgraciado.
Su obra, no es tan extensa como la de su padre. Luego que terminara su relación con Marie, inicia otra relación con la rusa Nadezna Naryschkine, mujer casada, y con quien, tuvo una hija, contrayendo matrimonio con ella cuatro años más tarde. Luego de unos años enviuda y contrae matrimonio con Henrietta Regnier que había sido su amante por espacio de ocho años.
En 1874 es admitido en la Academia Francesa y en 1894 recibe la Legión de Honor. Alejandro Dumas, hijo, falleció el 27 de noviembre de 1895 dejándonos el legado de una novela romántica por excelencia.
La ópera “La Traviata” de Giuseppe Verdi, se basó en esta novela.
Personajes:
Margarita Gautier conocida como “La Dama de las Camelias”: Protagonista de la novela, es cortesana del rey, está relacionada con muchos caballeros. Nació en el campo, pero abandonó a su familia para vivir en París; siempre carga consigo un ramo de camelias. Era hermosa pero muy delicada de salud.
Armando Duval: Joven que se enamora de Margarita. Fue un amor a escondidas. Nunca aceptaría en su totalidad la condición de Margarita.
SOBRE EL AUTOR
Biografía:
Alejandro Dumas, hijo, nació en París el 27 de Agosto de 1824, fue hijo natural del gran novelista Alejandro Dumas con la costurera Marie Lebay. Vivió una infancia tranquila junto a su madre, pero al llegar a los 17 años dejó los estudios yéndose a vivir con su padre.
En 1847 publicó su primer libro de poemas bajo el título de Pecados de juventud y un año más tarde La Dama de las Camelias, considerada su mas grande obra literaria, inspirado en sus amores con la hermosa cortesana Marie Duplessis, quien sería su conviviente tras un romance tan intenso como desgraciado.
Su obra, no es tan extensa como la de su padre. Luego que terminara su relación con Marie, inicia otra relación con la rusa Nadezna Naryschkine, mujer casada, y con quien, tuvo una hija, contrayendo matrimonio con ella cuatro años más tarde. Luego de unos años enviuda y contrae matrimonio con Henrietta Regnier que había sido su amante por espacio de ocho años.
En 1874 es admitido en la Academia Francesa y en 1894 recibe la Legión de Honor. Alejandro Dumas, hijo, falleció el 27 de noviembre de 1895 dejándonos el legado de una novela romántica por excelencia.
sábado, 28 de junio de 2014
Ojeando la mirada al poema “El infierno musical”
Quisiera abrir esta nota literaria diciendo que Alejandra Pizarnik es una de mis poetisas favoritas, no solo por el lenguaje poético manifiesto en su obra, sino porque realmente su vida es digna de merecer un profundo silencio de desconsuelo.
Sus vivencias estuvieron cubiertas de una densa niebla y ella ha llorado muchas de las líneas de su poesía. Sus obras son un diario abierto para conocer el profundo encierro existencial que la ha resguardado, haciéndola una esclava del poder indisoluto de la tristeza.
Este paseo iluminado por el alma de Alejandra es capaz de hacernos reflexionar sobre el sentido de nuestra propia vida, porque va sellando un capítulo que nos compete a todos, ya que todos de alguna manera hemos bebido del trago amargo del sufrimiento y porque siempre está próxima a nosotros una catarsis, así como la palabra lo fue para Alejandra.
Dice Gustavo Martínez González:
“La poética de Pizarnik ocupa un lugar de relevancia en el ámbito literario; suele señalarse en su obra una densa oscuridad que atrapa luces como relámpagos en la tormenta del alma. No tiene imitadores, pues su estilo resulta inalcanzable en su vertiente ominosa. La exacerbación del aire fatalista de sus textos con el ingrediente anecdótico de la propia muerte ha inducido en críticos destacados opiniones como: estamos ante la escritura de una predestinada; atestiguamos la obra maestra de alguien desorganizado por la locura; presenciamos la apuesta estética de una autora inmersa en la experiencia mortuoria. Tesis aventureras que juzgan al ser de acuerdo a sus hechos lingüísticos, en la más silvestre de las interpretaciones psicoanalíticas.”
MARTINEZ GONZÁLEZ Gustavo. Alejandra Pizarnik. Leyenda de una vida tras de sus obras.
[En línea] Disponible en: http://cvc.cervantes.es/actcult/pizarnik/acerca/martinez.htm [Fecha de acceso: 3 de agosto de 2007]
[En línea] Disponible en: http://cvc.cervantes.es/actcult/pizarnik/acerca/martinez.htm [Fecha de acceso: 3 de agosto de 2007]
El aire fatalista del que nos habla Gustavo González empapará toda la poesía de Alejandra Pizarnik, esa intuición de muerte que finalmente tomará cuerpo en su propia vida, ya que enfrentó el suicidio por vía de la sobredosis de medicamentos el 25 septiembre de 1972.
Alejandra Pizarnik se libera, en su poesía y su vida, cuando elige el suicidio como salida de elección. Ella misma había afirmado en un ensayo sobre Antonin Artaud, al citar a Hölderlin, que la poesía era un juego peligroso y que contaba ya con sus víctimas: el suicidio del mismo Artaud, el silencio de Rimbaud, el sufrimiento de Baudelaire. Para Pizarnik poesía y vida se identificaban.
Como aseguraba de estos poetas, todos tenían en común el haber querido anular la distancia que la sociedad obliga a establecer entre vida y poesía. Pero la fusión de ambas —la fusión sujeto-objeto— si bien lleva a la plenitud buscada, lleva también al silencio. Ya no hay necesidad alguna de aludir, de expresar: todo es.
Enrique Molina, que tanto y tan bien la conocía, escribió sobre ella que “no tenía salvación: no había aprendido a mentirse, a resignarse, a olvidar”.
Biografía Poética de Alejandra Pizarnik [en línea] Disponible en: http://sololiteratura.com/piz/pizsemblanza.htm [Fecha de acceso 4 de agosto de 2007]
Por esta y por otras razones Pizarnik es considerada una poetisa oscura y sincera con la realidad que enfrenta. La palabra fue para Alejandra solo un pretexto para ir estampando la confesión sincera del yo. Un quebranto incesante por la vida, y una inresignación enigmática que la oscurecieron del deseo de vivir y superar los problemas que enfrentó.
Quisiera rescatar el poema “El infierno musical”, ya que creo confirmará éstas características que parodian el aire fatalista de su poesía. Un poema en cierta manera icónico al de toda su lírica.
Mi intención será acercar el poema mediante el desglose temático de las isotopías. En el orden semántico buscaré explicar la connotación que asumen las palabras y por sobretodo valorar su obra, a la par que abrigo una profunda llenura en la que me colma el poema, debido a su calidad espiritual y al manejo magistral del idioma.
Cito;
Como aseguraba de estos poetas, todos tenían en común el haber querido anular la distancia que la sociedad obliga a establecer entre vida y poesía. Pero la fusión de ambas —la fusión sujeto-objeto— si bien lleva a la plenitud buscada, lleva también al silencio. Ya no hay necesidad alguna de aludir, de expresar: todo es.
Enrique Molina, que tanto y tan bien la conocía, escribió sobre ella que “no tenía salvación: no había aprendido a mentirse, a resignarse, a olvidar”.
Biografía Poética de Alejandra Pizarnik [en línea] Disponible en: http://sololiteratura.com/piz/pizsemblanza.htm [Fecha de acceso 4 de agosto de 2007]
Por esta y por otras razones Pizarnik es considerada una poetisa oscura y sincera con la realidad que enfrenta. La palabra fue para Alejandra solo un pretexto para ir estampando la confesión sincera del yo. Un quebranto incesante por la vida, y una inresignación enigmática que la oscurecieron del deseo de vivir y superar los problemas que enfrentó.
Quisiera rescatar el poema “El infierno musical”, ya que creo confirmará éstas características que parodian el aire fatalista de su poesía. Un poema en cierta manera icónico al de toda su lírica.
Mi intención será acercar el poema mediante el desglose temático de las isotopías. En el orden semántico buscaré explicar la connotación que asumen las palabras y por sobretodo valorar su obra, a la par que abrigo una profunda llenura en la que me colma el poema, debido a su calidad espiritual y al manejo magistral del idioma.
Cito;
EL INFIERNO MUSICAL
Golpean como soles.
Nada se acopla con nada aquí.
Y de tanto animal muerto en el cementerio de huesos filosos de mi memoria
Y de tantas monjas como cuervos que se precipitan a hurgar entre mis piernas.
La cantidad de fragmentos me desgarra
Impuro diálogo
Un proyectarse desesperado de la materia verbal.
Liberada a si misma.
Naufragando en si misma.
Notemos el título del poema, lo primero que resalta es la palabra infierno. El infierno es un lugar donde se sacuden las almas en eterno sufrimiento. Las almas luchan por una redención imposible, ya que estar en ese lugar es una condena irredenta de las faltas y los pecados. Así también, Alejandra se siente como una condenada, una presa que no halla la salvación de su mal, y que sufre por todo cuanto está viviendo en su vida. La palabra musical puede decirnos muchas cosas; primeramente, puede hacer alusión a la palabra (el lenguaje), enunciada con la musicalidad de los versos, o bien puede significar que ese llanto infernal que es como una eterna música de dolor y de padecimiento.
Recordemos también que el Infierno musical nos remite a la escena de una obra pictórica denominada “El jardín de las delicias” creada por el pintor “El Bosco”, donde todo este universo músico-instrumental se asocia de manera simbólica con los condenados por lascivia.
Cito un comentario sobre la obra del Bosco;
“Una de las escenas más enigmáticas y sugerentes de la obra, aparece en la parte inferior: el infierno musical. En éste, instrumentos musicales gigantescos se transforman en torturadores de los condenados. Podemos contemplar unos condenados crucificados, cual Cristo y el mal ladrón, en las cuerdas del aspa y en el mástil del laúd, u otro sodomizado por una flauta, portando otra como la cruz a cuestas.
En esta escena quiere verse una condena de la música profana, a la que se asociaba frecuentemente a la lascivia”
[En línea]Disponible en: http://olmo.pntic.mec.es/~jgarci52/inf_mus.htm [Fecha de acceso: 4 de agosto de 2007]
Me abro a pensar que Alejandra pudo haberse basado en esta obra para titular su poema, de todas maneras la coincidencia desde el plano simbólico coincide perfectamente, pues ambas se tocan en el sentido de la condenación y el juicio irredento de las almas.
Golpean como soles.
El sol es el símbolo perfecto del calor; se asocia isotópicamente a la idea del infierno. El calor representa el malestar originado por los padecimientos de dolor. Cuando se potencia su ardor nos quema, nos daña; así también para ella estos dolores son como golpes que la van martirizando. El martirio de un ambiente que se presta como tal, un infierno absorto de lamentos y culpas, desde donde ya no se puede hallar salida, y donde el pan diario es el quebranto.
Nada se acopla con nada aquí.
¿Cómo sería vivir en el infierno? Me pregunto cuando leo este verso. En el infierno el fuego acapara todo el ambiente, las cosas no se acoplan simplemente porque no existen, las ascuas quemantes envuelven la vida y el encuentro de cualquier material físico es naturalmente inflamable. Todo a su paso es destrucción y solo existe la nada, pues lo único que vive es el fuego.
Nada se acopla con nada aquí.
¿Cómo sería vivir en el infierno? Me pregunto cuando leo este verso. En el infierno el fuego acapara todo el ambiente, las cosas no se acoplan simplemente porque no existen, las ascuas quemantes envuelven la vida y el encuentro de cualquier material físico es naturalmente inflamable. Todo a su paso es destrucción y solo existe la nada, pues lo único que vive es el fuego.
El sentir del poema refleja la degradación de los sentimientos, que se ven avasallados por el dolor y que mueren inundados por un profundo pesimismo, como si se redujeran a cenizas por la acción de esta quemante fuerza.
Y de tanto animal muerto en el cementerio de huesos filosos de mi memoria
Y de tanto animal muerto en el cementerio de huesos filosos de mi memoria
Los animales muertos personifican las fuerzas indómitas que nos agobian, ellos tienen instintos y la racionalidad está ajena a su pensamiento. Así también nuestra mente tiene un instinto de conservación pues logra defenderse con la nulidad de pensamientos. Hay un momento en que ella solo hace catarsis cuando se abstiene de pensar en aquello que tanto la agobia. El cementerio es el campo del silencio (su mente) invadida por la paz. La misma paz que serena las almas del camposanto cuando finalmente están aliviadas por causa de la muerte.
Los huesos son los vestigios de las experiencias pasadas, aquellas que nunca se olvidan, sobretodo si se han sellado con dolor y pesadumbre, son filosas porque siempre clavan dentro de nuestra memoria cuando aparece un nuevo dolor, y es necesario encontrar una solución pasada que ha servido antes. La fuerza del recuerdo es punzante y acomete con reminiscencias de aquellos momentos congelados en la piel de la memoria. Momentos que no se borran y que permanecen intactos, para encenderse nuevamente cuando aparece la nostalgia. La memoria representa el vasto universo de la mente, los pensamientos que la invaden y la asfixian en muchos sentires. La lugubridad del ambiente contextúa el tono trágico del poema que se empapa lentamente de la desolación.
Y de tantas monjas como cuervos que se precipitan a hurgar entre mis piernas.
En este verso Alejandra Pizarnik menciona la palabra monjas. Entender porque utiliza esta palabra nos remite a pensar como las monjas viven y piensan. Ellas son mujeres consagradas a un hábito estricto de convivencia con Dios y están constantemente purificando sus almas, tienen una comunión más íntima con él. La voz de la prudencia y de la sensatez se desarrolla con más ahínco, producto de la santidad a la que llegan cuando están apartadas para Dios. Estas fuerzas de sensatez y verdad son las mismas que por momentos le devuelven la razón a Alejandra, son tal vez aquellas que le dicen comportarse y seguir el camino adelante más allá de la angustia. Representan el peso de una amonestación interna, que la llevan necesariamente al hábito de la catarsis.
La cantidad de fragmentos me desgarra
Siguiendo la misma relación de isotopías aparece la palabra fragmentos, esta palabra nos expresa el profundo desarraigo de su mundo interior, como si estuviese trastocada en todas sus fuerzas. Ella se halla marginada, desvirginada en toda razón. No hay indicio de esperanza. Los fragmentos simbolizan los dolores, la carga de las penas que le sacuden todo el espíritu. Este sentimiento la manipula, le toca sus ondas debilidades y le hacen sacar lágrimas
Impuro diálogo
Y de tantas monjas como cuervos que se precipitan a hurgar entre mis piernas.
En este verso Alejandra Pizarnik menciona la palabra monjas. Entender porque utiliza esta palabra nos remite a pensar como las monjas viven y piensan. Ellas son mujeres consagradas a un hábito estricto de convivencia con Dios y están constantemente purificando sus almas, tienen una comunión más íntima con él. La voz de la prudencia y de la sensatez se desarrolla con más ahínco, producto de la santidad a la que llegan cuando están apartadas para Dios. Estas fuerzas de sensatez y verdad son las mismas que por momentos le devuelven la razón a Alejandra, son tal vez aquellas que le dicen comportarse y seguir el camino adelante más allá de la angustia. Representan el peso de una amonestación interna, que la llevan necesariamente al hábito de la catarsis.
La cantidad de fragmentos me desgarra
Siguiendo la misma relación de isotopías aparece la palabra fragmentos, esta palabra nos expresa el profundo desarraigo de su mundo interior, como si estuviese trastocada en todas sus fuerzas. Ella se halla marginada, desvirginada en toda razón. No hay indicio de esperanza. Los fragmentos simbolizan los dolores, la carga de las penas que le sacuden todo el espíritu. Este sentimiento la manipula, le toca sus ondas debilidades y le hacen sacar lágrimas
Impuro diálogo
Impuro diálogo es la eterna conversación con el yo, allí donde Alejandra hace emerger sus dudas, reniegos y sufrimientos. Es el nivel más puro de sinceridad porque no se presta fingimientos y manipulación. Solo ella es confidente de sus padecimientos. Medita conturbada con la razón que la quebranta.
Un proyectarse desesperado de la materia verbal.
Este proyectarse que Alejandra muestra en su poema nos devuelve finalmente a la palabra. Solamente la palabra es la única forma de escape que ella tiene para desparramar sus sufrimientos. Le urgen porque sabe que le son como un baúl donde va guardando sus sentires. Hay una plena mixtura de la vida y las palabras, la materia verbal que se hace carne viva para tocarla y resucitar sus vivencias. La materia se palpa, las palabras se tocan y se abrazan, son un camino direccional del pensamiento.
Liberada a si misma.
Este verso permite ver que las palabras nos hacen libres. Para Alejandra las palabras se liberan, y la liberan a ella de su esclavitud se sentimientos. Ellas expresan vitalmente todo cuanto se sucede en la atmósfera de sus vivencias.
Naufragando en si misma.
Naufragan en si mismas porque se aquietan en el momento ideal, justo cuando ella las está buscando para su catarsis. Es como la inspiración que siempre anda esfumándose, pero que en un momento dado la cazamos, porque hay algo que la provoca. Es allí cuando ellas reivindican mejor nuestro temperamento artístico, nuestro sufrimiento y nuestra percepción de la vida.
A través de este paseo por el Infierno musical vemos por sobretodo una poetisa comprometida lealmente con la vida, su fuerza lírica es solo una excusa para derrochar su poder de comunicar con la materia verbal sus sentires. Yo la valoro, comprendo su sentir y me siento unida a su dolor, por esto y mucho más creo que nuestra capacidad crítica no se debe tan solo limitar a la observación técnica de un escrito, sino que debe ahondar más allá de las líneas para leer también la vida y los pensamientos de quien los escribe. Mis aplausos para Alejandra.
Bibliografía
• POZUELO YVANCOS. José. Teoría de Lenguaje literario. Madrid. Editorial Cátedra, 2003.
• Pizarnik, Alejandra. El infierno musical Edición Digital pdf.
Janis, the way she was
En el año 2007, la sucursal holandesa de la Universal editó en DVD el clásico documento musical "Janis, the way she was" de 1974. Este dossier contiene algunas de las presentaciones en vivo más iluminadas de la excelsa cantante estadounidense, mezcladas con las pocas entrevistas otorgadas a la prensa. Clásicos como Summertime, Cry baby o Piece of my heart, resuenan en el aire expiradas por una de las voces femeninas más originales y potentes que haya dado el rock de todos los tiempos.
1. Mercedes Benz
2. Ball and Chain
3. Tell Mama
4. Kozmic Blues
5. Cry Baby
6. Try- Just A Little Bit Harder
7. Move Over
8. Comin` Home
9. Summertime
10. The Good Days
11. I Can`t Turn You Loose
12. Me
13. Maybe
14. Piese of My Heart
15. Me And Bobby McGee
1. Mercedes Benz
2. Ball and Chain
3. Tell Mama
4. Kozmic Blues
5. Cry Baby
6. Try- Just A Little Bit Harder
7. Move Over
8. Comin` Home
9. Summertime
10. The Good Days
11. I Can`t Turn You Loose
12. Me
13. Maybe
14. Piese of My Heart
15. Me And Bobby McGee
Drácula - Fragmento del guion
Siempre hay una princesa con deslizantes vestidos blancos y su rostro, su rostro es un río. La princesa es un río lleno de lágrimas de tristeza y congoja.
![]() |
Quiero ser lo que tú eres, ver lo que tú ves, amar lo que tú amas. Tú eres mi amor y mi vida para siempre.
No hay vida en este cuerpo Yo soy nada, sin vida, sin alma... Odiado y temido, estoy muerto para todo el mundo. Escúchame, yo soy el monstruo al que los hombres vivos matarían. Yo soy Drácula.
Absenta es el afrodisiaco del yo. El hada verde que vive en la absenta quiere tu alma, pero tú estás a salvo conmigo.
En la vida hay tinieblas, mi niña, pero también hay luces. Y tú eres la luz de toda luz. Quiero ver lo que tú ves, amar lo que tú amas.
¿Cree usted en el destino, que incluso los poderes del tiempo pueden modificarse por un sólo propósito?
El hombre más afortunado que pisa esta tierra es aquél que encuentra el amor verdadero.
Bienvenido a mi morada. Entre libremente por su propia voluntad, y deje parte de la felicidad que trae. Hay mucho que aprender de las bestias.
Ella vive más allá de la gracia de Dios. Una vagabunda en la oscuridad exterior. Ella es vampira. Nosferatu. Esas criaturas no mueren como la abeja tras el primer aguijonazo, sino que se fortalecen y se vuelven inmortales una vez han sido infectadas por otro Nosferatu.
Amigos míos, no combatimos sólo una bestia, si no a legiones que perduran época tras época tras época alimentándose de la sangre de los vivos.
Yo soy… nada. Sin vida. Sin alma. Odiado y temido. Estoy muerto para todo el mundo. Escúchame. Yo soy el monstruo al que los hombres vivos matarían. Yo soy Drácula. Yo fui traicionado. Mira lo que tu Dios ha hecho de mí.
Bram Stoker
Imágenes de la película "Drácula"
jueves, 26 de junio de 2014
Último amor
Óleo de M.T. Huguet
Yo andaba entre la sombra, cuando como un fulgor
llegaste tú de pronto con el último amor.
Pero bastó un efluvio de antiguas primaveras
para reconocerte, para saber quien eras.
Y eras la misteriosa mujer desconocida,
que entristeció de ensueño lo mejor de mi vida.
La de las tardes grises y los claros de luna,
la que busqué entre tantas y no encontré en ninguna.
Y hoy tal vez como un premio, tal vez como un castigo,
lo mejor de mi vida será morir contigo.
He pensado esta noche, sintiéndote tan mía
que así como llegaste, pudieras irte un día.
Lo he pensado eso es todo. Pero si sucediera...
Dejaré que te vayas sin un adiós siquiera.
Y cuando te hayas ido... yo que nunca me quejo,
me vestiré de luto y aprenderé a ser viejo.
Pero si me muriera sin poder olvidarte
y después de la muerte se llega a alguna parte,
preguntaré si hay sitio para mí junto a ti,
y Dios seguramente responderá que sí.
José Ángel Buesa
La Noche Boca Arriba
Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;
le llamaban la guerra florida.
A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.
Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.
Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. "Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado..."; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.
La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. "Natural", dijo él. "Como que me la ligué encima..." Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.
Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.
Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.
Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. "Huele a guerra", pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.
-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.
Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.
Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.
Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. "La calzada", pensó. "Me salí de la calzada." Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.
Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.
-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.
Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.
Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.
Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.
Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.
Julio Cortázar
Julio Cortázar
miércoles, 25 de junio de 2014
El poema de amor que nunca escribirás
Óleo de Gustave Caillebotte
Debería nombrar (debería intentarlo)
el afán hasta hoy por ti dilapidado
en perseguir amor, que quizá fuera tanto
como el afán de huir, fatigado hasta el asco,
de todas las trastiendas, repletas de fracasos,
que los cuerpos arrastran, y en que nos arrastramos.
Debería acoger, dar lugar a unos labios
que nombraran sin fe, sólo de cuándo en cuándo
-por momentos, sinceros; por momentos, falsarios-
diálogos de alcoba que pareciesen tangos
(eso acaban por ser, o algo más triste acaso,
siempre que en la distancia solemos evocarlos):
De esta vida tan sucia, de sus trabajos vanos,
me consuela, mi amor, el fingir, fabulando,
otra eterna contigo, cogidos de la mano.
Y habría de alojar dictámenes sagrados,
con los que, ya bebidos, tanto nos excitamos:
De entre todas las perras que en la noche he tratado,
la más perra eres tú. Debería, malsano,
contener esas citas de los domingos vastos,
insulsas y festivas, amasadas de hartazgo,
en que la vida toda se obstina en maltratarnos,
con su aire de ramera experta en el contagio
del odio hacia la vida, del tedio y del cansancio.
No podrían faltar los cuerpos del verano,
cuando la adolescencia ardía por el tacto,
en especial aquél de todo lo vedado.
Ni habría de omitir el vicio solitario,
por el amor perdido en inventar los rasgos
del amor, que, entretanto, no dormía a tu lado.
Y en él habitarían con todo su sarcasmo
-al fin y al cabo son tristes muertos de antaño,
fragmentos de tu vida que salvas del naufragio-
las cartas sin respuesta; yesos aniversarios,
tiernamente ridículos después de celebrados,
que dejan en el alma aroma a mal teatro.
Y los reproches mutuos, merecidos y agrios,
dirigidos al centro del dolor, como un dardo
con toda la miseria que acarrean los años.
El placer del acoso, cuando el amor intacto,
y cuando la ignorancia, ese bálsamo arcano,
no señalaba límites al indudable ocaso.
El maldito poema tanto tiempo aplazado,
y que no escribirás, porque el tema es ingrato,
querría redimirte de todos tus letargos.
Una voz que te daña diría murmurando:
Del amor, amor mío, te quiero siempre esclavo,
para que tus palabras no tengan que inventarlo.
Quien a ese poema de amor dilapidado
incauto se atreviera, sin calcular el daño,
amaría el amor, probablemente tanto
como el afán de huir, fatigado hasta el asco,
de todas las trastiendas, repletas de fracasos,
que los cuerpos arrastran, y en que nos arrastramos.
Carlos Marzal
Romeo dormido
Óleo de Eivar Moya
Cifró tu nombre
en latidos len
tos
l-e-n-t-o-s
y en el último
quieto
aún
dijo tu nombre.
Julieta
Julieta
Julieta
Tu nombre era el verso
que corría sus venas
río de primavera invierno
de eras y eros.
Tu nombre le sabía a tiempo
parado entre nubes y arco íris.
Julieta del Romeo dormido
de alas quietas
del amor de ensueño
sueño
eterno...
No, el amor no se termina nunca,
se cifra en códigos brillantes,
que nacerán libres
estrellas gemelas
en el firmamento...
por s-i-e-m-p-r-e.
¡Shssss Julieta!
¡Romeo está dormido!
¡Pero no su amor!
...
¡Shssss!
Julieta y Romeo
están dormidos,
pero no el amor.
El amor
¡Nunca duerme!
en latidos len
tos
l-e-n-t-o-s
y en el último
quieto
aún
dijo tu nombre.
Julieta
Julieta
Julieta
Tu nombre era el verso
que corría sus venas
río de primavera invierno
de eras y eros.
Tu nombre le sabía a tiempo
parado entre nubes y arco íris.
Julieta del Romeo dormido
de alas quietas
del amor de ensueño
sueño
eterno...
No, el amor no se termina nunca,
se cifra en códigos brillantes,
que nacerán libres
estrellas gemelas
en el firmamento...
por s-i-e-m-p-r-e.
¡Shssss Julieta!
¡Romeo está dormido!
¡Pero no su amor!
...
¡Shssss!
Julieta y Romeo
están dormidos,
pero no el amor.
El amor
¡Nunca duerme!
José Dimitri
martes, 24 de junio de 2014
domingo, 22 de junio de 2014
Tormentas cerebrales
El sol degollado es aniquilado
por la garra de la noche, que se abre
y libera oníricos cancerberos,
que impiadosos y brutales giran las llaves,
abren ventanas y puertas de mi infierno,
dislocadas realidades,
abismales cementerios,
en los que vago angustiado
entre esqueletos de fracasos.
Cerebro de oquedades lleno,
colmadas con el río cinabrio
- sangre de insania -
de una razón acuchillada.
Tormentas cerebrales,
lluvia de miedos-buitres,
que me desgarran por dentro.
Enredaderas de locura,
retoños de soledad nocturna,
verdugos que cada día
vienen a robar mi paz
y a matar.
¡Y a matar mi cordura!
por la garra de la noche, que se abre
y libera oníricos cancerberos,
que impiadosos y brutales giran las llaves,
abren ventanas y puertas de mi infierno,
dislocadas realidades,
abismales cementerios,
en los que vago angustiado
entre esqueletos de fracasos.
Cerebro de oquedades lleno,
colmadas con el río cinabrio
- sangre de insania -
de una razón acuchillada.
Tormentas cerebrales,
lluvia de miedos-buitres,
que me desgarran por dentro.
Enredaderas de locura,
retoños de soledad nocturna,
verdugos que cada día
vienen a robar mi paz
y a matar.
¡Y a matar mi cordura!
José Dimitri
viernes, 20 de junio de 2014
El jardín de los cerezos
Es una comedia en cuatro actos.El autor comenzó a escribir la obra a mediados de marzo de 1903 y la terminó en la primavera de ese mismo año. El estreno de la comedia tuvo lugar en 1904 en el Teatro de Arte de Moscú, fue representada con pormenores realistas de la soledad de la vida cotidiana de la clase media en Rusia.
Lisístrata
Obra representada en el 411 A.C. La ciudad estaba perdiendo la guerra y sufría una verdadera guerra civil. La obra nos ofrece la ilusión de la paz, pues se apoya en antiguos rituales donde se enfrentan coros de hombres y mujeres. Se presenta el triunfo de las mujeres sobre los hombres y el de la huelga sexual de las mujeres; estrategia que impone Lisístrata a las mujeres en la escena inicial. Se siguen una serie de agones de violencia entre los dos géneros (las primeras se han refugiado en la Acrópolis, que los hombres intentan en vano conquistar).
Los agones no deciden nada; las mujeres siguen en la Acrópolis, pero ni el Comisario, ni el coro de hombres se dejan convencer por los argumentos pacifistas y feministas de la heroína. Las mujeres intentan escaparse con diversos pretextos e irse con sus maridos. La estrategia de Lisístrata viene de fuera, los laconios no pueden resistir más tiempo la huelga sexual y van a negociar plenamente erectos. Lisístrata hace de mediadora entre ellos y los atenienses, con este pacto la paz se consigue. Al final se celebra la felicidad alcanzada: hay una comida de reconciliación entre atenienses y laconios, se reconcilian también hombres y mujeres, pues todo concluye entre danzas y cantos.
Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Lis%C3%ADstrata
miércoles, 18 de junio de 2014
Amantes virtuales
Me pierdo
entre avenidas de gigabitios,
rompo la barrera
donde giro.
Mariposa gesticular,
metamórfica.
Me destierro de la vida.
Ahora
soy un éter
renaciendo
entre sinapsis nerviosas
y en códigos binarios.
Fantasmal,
el tiempo no pasa igual
se r-a-l-e-n-t-i-z-a
se ===============acelera
se de
tiene
(desaparece)
El tiempo ya no es tiempo,
es la fantasía en que renazco.
Es tu pelo de medusas voluptuosas
y tus ojos de avispas iridiscentes.
Es tu piel de pasional opio.
¿Me sentís? - me preguntas.
¿Sentís el alma?- te contesto.
Soy Dios creador del cielo
y del sonido
y de la palabra.
Creador del mundo
del lenguaje y de la forma
del color y el olor,
todo
(dentro)
de vos
tu cerebro
y el mío.
Universos en un bite
expandiéndonos
hasta simbiotizarnos.
Y las palabras
ya no significan lo mismo,
son texturas
que se prenden de vos
vistiendo tus sentidos,
desnudándoles.
Así
habitamos esta isla
encriptada en silicio,
nos bañamos en seda
de mar y sol,
con pieles que laten
invadidas de caracoles interiores,
que bailan entre las células
entre giros y espasmos.
Su danza recorre los labios
y cabalga como fuego
hasta llegar a arder
las selvas mediales
florecidas de deseos.
Es ritual y magia,
un viaje de frenesí
de carne etérea,
y sueños realizados.
Es el laberinto virtual,
ese lugar de los chips
y memorias de silicio.
Ese lugar puesto
play
en nuestras mentes,
donde coexistimos
inmateriales, eternos
y nuestros.
Me pierdo,
te pierdes,
nos perdemos.
Nos encontramos
entre avenidas de gigabitios
en el laberinto onírico virtual.
José Dimitri
lunes, 16 de junio de 2014
María Padhila
Óleo de Paul Kelly
Ella es Exú y también es una de sus mujeres, espejo y amante: María Padilha, la mas puta de las diablas con las que Exú gusta revolcarse en las hogueras.
No es difícil reconocerla cuando entra en algun cuerpo. María Padilha chilla, aulla, insulta y ríe de muy mala manera, y al fin del trance exige bebidas caras y cigarrillos importados. Hay que darle trato de gran señora y rogarle mucho para que ella se digne ejercer su reconocida influencia ante los dioses y los diablos que más mandan.
María Padilha no entra en cualquier cuerpo. Ella elige, para manifestarse en este mundo, a las mujeres que en los suburbios de Río se ganan la vida entregandose por monedas.
Así, las despreciadas se vuelven dignas de devoción: la carne de alquiler sube al centro del altar. Brilla más que todos los soles la basura de la noche.
No es difícil reconocerla cuando entra en algun cuerpo. María Padilha chilla, aulla, insulta y ríe de muy mala manera, y al fin del trance exige bebidas caras y cigarrillos importados. Hay que darle trato de gran señora y rogarle mucho para que ella se digne ejercer su reconocida influencia ante los dioses y los diablos que más mandan.
María Padilha no entra en cualquier cuerpo. Ella elige, para manifestarse en este mundo, a las mujeres que en los suburbios de Río se ganan la vida entregandose por monedas.
Así, las despreciadas se vuelven dignas de devoción: la carne de alquiler sube al centro del altar. Brilla más que todos los soles la basura de la noche.
Eduardo Galeano
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)















