domingo, 24 de agosto de 2014

Karma

Óleo de Ognian Kuzmanov
A I.L.

Te oigo…
La noche solloza en la distancia,
trae a mi piel las coloraciones de tu karma,
esa espectral agitación,
que traspasa mi delirio
y solamente a ti me amarra.
Te amo…
oye mi noctámbulo gemido
esa caricia desde adentro
que huye en el poniente despavorida.
Te alcanza en los templos oscuros,
donde vagabundo huyes
quizás a tu misterioso destino.

Sangran mis poros
con agua violeta..

Rocío de la brisa
que acompaña mi deseo.
Solamente tú,
abrigando mis pensamientos.
Bosque de mi locura,
ramas silvestres
que me delinean de la espesura,
lecho del aire,
burbujas que me lamen
y luego estallan.  

Te extraño…
Mi cuerpo desierto
está completamente en vigilia.
Mi alma va suspendida hacia
el vórtice de la noche
queriendo traerte del viento,
Esa humedad agridulce de tus besos,
el temblor oculto de tus huesos.

¡Triste agonía que despedaza, incluso,
el fugaz interrupto del recuerdo!

Tu rastreando mi cuello,
mis homínidos instintos kármicos.
Fantasía que destierra 
la gloria lasciva del fuego.
Bastión de la vida,
que se erige en vahos de hojas y ruegos.

***Huella del aire***
25-08-2014

lunes, 11 de agosto de 2014

Agua tristeza

 Óleo de Luis Vargas

Oleajes incontenibles se
....................................de
.......................................rra
............................................man.

Marejadas de minutos
(asfixian) la vida


es.........llan
                     
 ........ta........mis branquias.

Soy un pez exiliado
de tu vital oxígeno
y-m-u-e-r-o-l-e-n-t-o

Soy el fantasma de rostro quebrado
con tu imagen a fuego en mi pupila.

Licuado de tu recuerdo

- mujer -

M a q u i n a l

y

s
u
i
c
i
d
a
me hundo en agua tristeza .

Fondo musical: Amarentine, Enya

miércoles, 6 de agosto de 2014

Documental "Memoria iluminada"



Los años de los sesenta y los setenta fueron décadas de grandes transformaciones sociales, políticas y culturales. Las vidas de los artistas Raymundo Gleyzer y Alejandra Pizarnik, o las de María Elena Walsh y Paco Urondo -cuyas obras fueron una unidad de acción y reflexión- nos permiten analizar el momento histórico y cultural que les tocó vivir, y construir un puente entre la generación que protagonizó esa época y la actual. Fragmentos de nuestra memoria colectiva, de la mano de figuras que fueron la punta del iceberg de una vanguardia intelectual y cultural.

martes, 5 de agosto de 2014

La bestia de la cueva


La horrible conclusión que se había ido abriendo camino en mi espíritu de manera gradual era ahora una terrible certeza. Estaba perdido por completo, perdido sin esperanza en el amplio y laberíntico recinto de la caverna de Mamut. Dirigiese a donde dirigiese mi esforzada vista, no podía encontrar ningún objeto que me sirviese de punto de referencia para alcanzar el camino de salida. No podía mi razón albergar la más ligera esperanza de volver jamás a contemplar la bendita luz del día, ni de pasear por los valles y las colinas agradables del hermoso mundo exterior. La esperanza se había desvanecido. A pesar de todo, educado como estaba por una vida entera de estudios filosóficos, obtuve una satisfacción no pequeña de mi conducta desapasionada; porque, aunque había leído con frecuencia sobre el salvaje frenesí en el que caían las víctimas de situaciones similares, no experimenté nada de esto, sino que permanecí tranquilo tan pronto como comprendí que estaba perdido.
Tampoco me hizo perder ni por un momento la compostura la idea de que era probable que hubiese vagado hasta más allá de los límites en los que se me buscaría. Si había de morir -reflexioné-, aquella caverna terrible pero majestuosa sería un sepulcro mejor que el que pudiera ofrecerme cualquier cementerio; había en esta concepción una dosis mayor de tranquilidad que de desesperación.

Mi destino final sería perecer de hambre, estaba seguro de ello. Sabía que algunos se habían vuelto locos en circunstancias como esta, pero no acabaría yo así. Yo solo era el causante de mi desgracia: me había separado del grupo de visitantes sin que el guía lo advirtiera; y, después de vagar durante una hora aproximadamente por las galerías prohibidas de la caverna, me encontré incapaz de volver atrás por los mismos vericuetos tortuosos que había seguido desde que abandoné a mis compañeros.

Mi antorcha comenzaba a expirar, pronto estaría envuelto en la negrura total y casi palpable de las entrañas de la tierra. Mientras me encontraba bajo la luz poco firme y evanescente, medité sobre las circunstancias exactas en las que se produciría mi próximo fin. Recordé los relatos que había escuchado sobre la colonia de tuberculosos que establecieron su residencia en estas grutas titánicas, por ver de encontrar la salud en el aire sano, al parecer, del mundo subterráneo, cuya temperatura era uniforme, para su atmósfera e impregnado su ámbito de una apacible quietud; en vez de la salud, habían encontrado una muerte extraña y horrible. Yo había visto las tristes ruinas de sus viviendas defectuosamente construidas, al pasar junto a ellas con el grupo; y me había preguntado qué clase de influencia ejercía sobre alguien tan sano y vigoroso como yo una estancia prolongada en esta caverna inmensa y silenciosa. Y ahora, me dije con lóbrego humor, había llegado mi oportunidad de comprobarlo; si es que la necesidad de alimentos no apresuraba con demasiada rapidez mi salida de este mundo.

Resolví no dejar piedra sin remover, ni desdeñar ningún medio posible de escape, en tanto que se desvanecían en la oscuridad los últimos rayos espasmódicos de mi antorcha; de modo que -apelando a toda la fuerza de mis pulmones- proferí una serie de gritos fuertes, con la esperanza de que mi clamor atrajese la atención del guía. Sin embargo, pensé mientras gritaba que mis llamadas no tenían objeto y que mi voz -aunque magnificada y reflejada por los innumerables muros del negro laberinto que me rodeaba- no alcanzaría más oídos que los míos propios.

Al mismo tiempo, sin embargo, mi atención quedó fijada con un sobresalto al imaginar que escuchaba el suave ruido de pasos aproximándose sobre el rocoso pavimento de la caverna.

¿Estaba a punto de recuperar tan pronto la libertad? ¿Habrían sido entonces vanas todas mis horribles aprensiones? ¿Se habría dado cuenta el guía de mi ausencia no autorizada del grupo y seguiría mi rastro por el laberinto de piedra caliza? Alentado por estas preguntas jubilosas que afloraban en mi imaginación, me hallaba dispuesto a renovar mis gritos con objeto de ser descubierto lo antes posible, cuando, en un instante, mi deleite se convirtió en horror a medida que escuchaba: mi oído, que siempre había sido agudo, y que estaba ahora mucho más agudizado por el completo silencio de la caverna, trajo a mi confusa mente la noción temible e inesperada de que tales pasos no eran los que correspondían a ningún ser humano mortal. Los pasos del guía, que llevaba botas, hubieran sonado en la quietud ultraterrena de aquella región subterránea como una serie de golpes agudos e incisivos. Estos impactos, sin embargo, eran blandos y cautelosos, como producidos por las garras de un felino. Además, al escuchar con atención me pareció distinguir las pisadas de cuatro patas, en lugar de dos pies.

Quedé entonces convencido de que mis gritos habían despertado y atraído a alguna bestia feroz, quizás a un puma que se hubiera extraviado accidentalmente en el interior de la caverna. Consideré que era posible que el Todopoderoso hubiese elegido para mí una muerte más rápida y piadosa que la que me sobrevendría por hambre; sin embargo, el instinto de conservación, que nunca duerme del todo, se agitó en mi seno; y aunque el escapar del peligro que se aproximaba no serviría sino para preservarme para un fin más duro y prolongado, determiné a pesar de todo vender mi vida lo más cara posible. Por muy extraño que pueda parecer, no podía mi mente atribuir al visitante intenciones que no fueran hostiles. Por consiguiente, me quedé muy quieto, con la esperanza de que la bestia -al no escuchar ningún sonido que le sirviera de guía- perdiese el rumbo, como me había sucedido a mí, y pasase de largo a mi lado. Pero no estaba destinada esta esperanza a realizarse: los extraños pasos avanzaban sin titubear, era evidente que el animal sentía mi olor, que sin duda podía seguirse desde una gran distancia en una atmósfera como la caverna, libre por completo de otros efluvios que pudieran distraerlo.

Me di cuenta, por tanto, de que debía estar armado para defenderme de un misterioso e invisible ataque en la oscuridad y tanteé a mi alrededor en busca de los mayores entre los fragmentos de roca que estaban esparcidos por todas partes en el suelo de la caverna, y tomando uno en cada mano para su uso inmediato, esperé con resignación el resultado inevitable. Mientras tanto, las horrendas pisadas de las zarpas se aproximaban. En verdad, era extraña en exceso la conducta de aquella criatura. La mayor parte del tiempo, las pisadas parecían ser las de un cuadrúpedo que caminase con una singular falta de concordancia entre las patas anteriores y posteriores, pero -a intervalos breves y frecuentes- me parecía que tan solo dos patas realizaban el proceso de locomoción. Me preguntaba cuál sería la especie de animal que iba a enfrentarse conmigo; debía tratarse, pensé, de alguna bestia desafortunada que había pagado la curiosidad que la llevó a investigar una de las entradas de la temible gruta con un confinamiento de por vida en sus recintos interminables. Sin duda le servirían de alimento los peces ciegos, murciélagos y ratas de la caverna, así como alguno de los peces que son arrastrados a su interior cada crecida del Río Verde, que comunica de cierta manera oculta con las aguas subterráneas. Ocupé mi terrible vigilia con grotescas conjeturas sobre las alteraciones que podría haber producido la vida en la caverna sobre la estructura física del animal; recordaba la terrible apariencia que atribuía la tradición local a los tuberculosos que allí murieron tras una larga residencia en las profundidades. Entonces recordé con sobresalto que, aunque llegase a abatir a mi antagonista, nunca contemplaría su forma, ya que mi antorcha se había extinguido hacía tiempo y yo estaba por completo desprovisto de fósforos. La tensión de mi mente se hizo entonces tremenda. Mi fantasía dislocada hizo surgir formas terribles y terroríficas de la siniestra oscuridad que me rodeaba y que parecía verdaderamente apretarse en torno de mi cuerpo. Parecía yo a punto de dejar escapar un agudo grito, pero, aunque hubiese sido lo bastante irresponsable para hacer tal cosa, a duras penas habría respondido mi voz. Estaba petrificado, enraizado al lugar en donde me encontraba. Dudaba que pudiera mi mano derecha lanzar el proyectil a la cosa que se acercaba, cuando llegase el momento crucial. Ahora el decidido “pat, pat” de las pisadas estaba casi al alcance de la mano; luego, muy cerca. Podía escuchar la trabajosa respiración del animal y, aunque estaba paralizado por el terror, comprendí que debía de haber recorrido una distancia considerable y que estaba correspondientemente fatigado. De pronto se rompió el hechizo; mi mano, guiada por mi sentido del oído -siempre digno de confianza- lanzó con todas sus fuerzas la piedra afilada hacia el punto en la oscuridad de donde procedía la fuerte respiración, y puedo informar con alegría que casi alcanzó su objetivo: escuché cómo la cosa saltaba y volvía a caer a cierta distancia; allí pareció detenerse.

Después de reajustar la puntería, descargué el segundo proyectil, con mayor efectividad esta vez; escuché caer la criatura, vencida por completo, y permaneció yaciente e inmóvil. Casi agobiado por el alivio que me invadió, me apoyé en la pared. La respiración de la bestia se seguía oyendo, en forma de jadeantes y pesadas inhalaciones y exhalaciones; deduje de ello que no había hecho más que herirla. Y entonces perdí todo deseo de examinarla. Al fin, un miedo supersticioso, irracional, se había manifestado en mi cerebro, y no me acerqué al cuerpo ni continué arrojándole piedras para completar la extinción de su vida. En lugar de esto, corrí a toda velocidad en lo que era -tan aproximadamente como pude juzgarlo en mi condición de frenesí- la dirección por la que había llegado hasta allí. De pronto escuché un sonido, o más bien una sucesión regular de sonidos. Al momento siguiente se habían convertido en una serie de agudos chasquidos metálicos. Esta vez no había duda: era el guía. Entonces grité, aullé, reí incluso de alegría al contemplar en el techo abovedado el débil fulgor que sabía era la luz reflejada de una antorcha que se acercaba. Corrí al encuentro del resplandor y, antes de que pudiese comprender por completo lo que había ocurrido, estaba postrado a los pies del guía y besaba sus botas mientras balbuceaba -a despecho de la orgullosa reserva que es habitual en mí- explicaciones sin sentido, como un idiota. Contaba con frenesí mi terrible historia; y, al mismo tiempo, abrumaba a quien me escuchaba con protestas de gratitud. Volví por último a algo parecido a mi estado normal de conciencia. El guía había advertido mi ausencia al regresar el grupo a la entrada de la caverna y -guiado por su propio sentido intuitivo de la orientación- se había dedicado a explorar a conciencia los pasadizos laterales que se extendían más allá del lugar en el que había hablado conmigo por última vez; y localizó mi posición tras una búsqueda de más de tres horas.

Después de que hubo relatado esto, yo, envalentonado por su antorcha y por su compañía, empecé a reflexionar sobre la extraña bestia a la que había herido a poca distancia de allí, en la oscuridad, y sugerí que averiguásemos, con la ayuda de la antorcha, qué clase de criatura había sido mi víctima. Por consiguiente volví sobre mis pasos, hasta el escenario de la terrible experiencia. Pronto descubrimos en el suelo un objeto blanco, más blanco incluso que la reluciente piedra caliza. Nos acercamos con cautela y dejamos escapar una simultánea exclamación de asombro. Porque éste era el más extraño de todos los monstruos extranaturales que cada uno de nosotros dos hubiera contemplado en la vida. Resultó tratarse de un mono antropoide de grandes proporciones, escapado quizás de algún zoológico ambulante: su pelaje era blanco como la nieve, cosa que sin duda se debía a la calcinadora acción de una larga permanencia en el interior de los negros confines de las cavernas; y era también sorprendentemente escaso, y estaba ausente en casi todo el cuerpo, salvo de la cabeza; era allí abundante y tan largo que caía en profusión sobre los hombros. Tenía la cara vuelta del lado opuesto a donde estábamos, y la criatura yacía casi directamente sobre ella. La inclinación de los miembros era singular, aunque explicaba la alternancia en su uso que yo había advertido antes, por lo que la bestia avanzaba a veces a cuatro patas, y otras en sólo dos. De las puntas de sus dedos se extendían uñas largas, como de rata. Los pies no eran prensiles, hecho que atribuí a la larga residencia en la caverna que, como ya he dicho antes, parecía también la causa evidente de su blancura total y casi ultraterrena, tan característica de toda su anatomía. Parecía carecer de cola.

La respiración se había debilitado mucho, y el guía sacó su pistola con la clara intención de despachar a la criatura, cuando de súbito un sonido que ésta emitió hizo que el arma se le cayera de las manos sin ser usada. Resulta difícil describir la naturaleza de tal sonido. No tenía el tono normal de cualquier especie conocida de simios, y me pregunté si su cualidad extranatural no sería resultado de un silencio completo y continuado por largo tiempo, roto por la sensación de llegada de luz, que la bestia no debía de haber visto desde que entró por vez primera en la caverna. El sonido, que intentaré describir como una especie de parloteo en tono profundo, continuó débilmente.

Al mismo tiempo, un fugaz espasmo de energía pareció conmover el cuerpo del animal. Las garras hicieron un movimiento convulsivo, y los miembros se contrajeron. Con una convulsión del cuerpo rodó sobre sí mismo, de modo que la cara quedó vuelta hacia nosotros. Quedé por un momento tan petrificado de espanto por los ojos de esta manera revelados que no me apercibí de nada más. Eran negros aquellos ojos; de una negrura profunda en horrible contraste con la piel y el cabello de nívea blancura. Como los de las otras especies cavernícolas, estaban profundamente hundidos en sus órbitas y por completo desprovistos de iris. Cuando miré con mayor atención, vi que estaban enclavados en un rostro menos prognático que el de los monos corrientes, e infinitamente menos velludo. La nariz era prominente. Mientras contemplábamos la enigmática visión que se representaba a nuestros ojos, los gruesos labios se abrieron y varios sonidos emanaron de ellos, tras lo cual la cosa se sumió en el descanso de la muerte.

El guía se aferró a la manga de mi chaqueta y tembló con tal violencia que la luz se estremeció convulsivamente, proyectando en la pared fantasmagóricas sombras en movimiento.

Yo no me moví; me había quedado rígido, con los ojos llenos de horror, fijos en el suelo delante de mí.

El miedo me abandonó, y en su lugar se sucedieron los sentimientos de asombro, compasión y respeto; los sonidos que murmuró la criatura abatida que yacía entre las rocas calizas nos revelaron la tremenda verdad: la criatura que yo había matado, la extraña bestia de la cueva maldita, era -o había sido alguna vez- ¡¡¡un hombre!!
H.P. Lovecraft

martes, 29 de julio de 2014

Improvisación en Beijing

 Oleo sobre tela - Álvaro Reja

Escribo poesía porque la palabra inglesa Inspiración proviene del Latín: Spiritus,aliento, deseo respirar en libertad.
Escribo poesía porque Walt Whitman le otorgó permiso al mundo para que hablara con candor.
Escribo poesía porque Walt Whitman abrió el verso de la poesía a la respiración sin obstáculos.
Escribo poesía porque Ezra Pound vio una torre de marfil, apostó al caballo equivocado, les dio a los poetas  su autorización  para que  escriban su lengua hablada vernácula.
Escribo poesía porque Pound les indicó a los jóvenes poetas occidentales que observaran a los chinos escribiendo palabras dibujos.
Escribo poesía porque W.C. Williams viviendo en Rutherford escribió a la manera de New Jersey "Te patio l’ojo", preguntando luego ¿cómo podemos medirlo 

en pentámetro yámbico?
Escribo poesía porque mi padre era un poeta mi madre de Rusia hablaba comunista, murió en un loquero.
Escribo poesía porque mi joven amigo Gary Snyder se sentó a mirar sus pensamientos como una parte del fenomenal mundo externo del mismo modo que lo hicieron  los integrantes de esa mesa redonda  en el 84.
Escribo poesía porque sufro, nacido para morir, cálculos en los riñones, presión alta, todo el mundo sufre.
Escribo poesía porque sufro confusión no sabiendo  qué es lo piensan los otros.
Escribo  porque la poesía puede revelar mis pensamientos, cura mi paranoia también la paranoia de otras personas.
Escribo poesía porque mi mente vaga sometida al sexo  la política la meditación en el Dharma.
Escribo poesía para retratar con precisión mi propia mente.
Escribo poesía porque tomé los cuatro votos de Bhodhisattva: innumerables en el universo son las criaturas Sensibles para liberar, infinitas mi propia codicia ira ignorancia que deseo atravesar ,  incontables son las situaciones en que me hallo mientras el cielo está O.K. y los senderos de la mente despierta no tienen fin.
Escribo porque esta mañana desperté temblando de miedo ¿Qué podría decir yo en China?
Escribo poesía porque los poetas rusos Mayakovsky y Yesenin se suicidaron, alguien  más debe hablar.
Escribo poesía porque mi padre recitando a Shelley poeta inglés y a Vachel Lindsay poeta norteamericano dio el ejemplo –gran viento inspiración aliento.
Escribo poesía porque escribir de asuntos sexuales estaba prohibido en los Estados Unidos de América.
Escribo poesía porque los millonarios en el Este y el Oeste viajan en limosinas Rolls Royce, los pobres no tienen suficiente dinero para arreglarse los dientes.
Escribo poesía porque mis genes y cromosomas se enamoran de muchachos, nunca de jóvenes mujeres.
Escribo poesía porque no tengo ninguna responsabilidad Dogmática de un día para el otro.
Escribo poesía porque quiero estar solo y quiero hablar con la gente.
Escribo poesía para contestarle a Whitman, jóvenes dentro de diez años, hablen con las tías viejas y tíos aún con vida 

en Newark, New Jersey.
Escribo poesía porque en 1939 escuchaba por radio Blues Negros, Leadbelly y Ma Rainey.     
Escribo poesía inspirado por las juveniles  alegres canciones de los Beatles que han   envejecido.      
Escribo poesía porque Chuang-tzu no podía distinguir si era mariposa o hombre, Laotzu dijo el agua fluye colina abajo, Confucio dijo honrá a tus mayores, yo deseaba honrar a Walt Whitman.
Escribo poesía porque el exceso de ovejas y hacienda en las tierras de pastoreo destruye desde Mongolia hasta el Salvaje Oeste los nuevos pastos y la erosión  es la creadora de los desiertos.
Escribo poesía usando zapatos animales.
Escribo poesía "Primer pensamiento, mejor pensamiento," siempre.
Escribo poesía porque las ideas no son comprensibles excepto cuando se manifiestan en  pequeñísimos detalles: "Ninguna idea más que en las cosas."
Escribo poesía porque el Lama Tibetano dice. "Las cosas son símbolos de sí mismas."
Escribo poesía porque los periódicos titulan un agujero negro en el centro de nuestra  galaxia, somos libres para darnos cuenta.
Escribo poesía porque las Guerras Mundiales I y II, bomba nuclear y la Guerra Mundial III si la deseamos, yo no la necesito.
Escribo poesía porque mi primer poema Aullido que no pensaba publicar fue llevado a proceso por la policía.
Escribo poesía porque mi segundo poema largo Kaddish honraba el parinirvana de mi madre en un hospital para enfermos mentales.
Escribo poesía porque HITLER mató a seis millones de Judíos, soy Judío.
Escribo poesía porque Moscú informó que Stalin envío al exilio en Siberia a 20 millones de Judíos e intelectuales, 15 millones nunca regresaron a los cafés de San Petersburgo.
Escribo poesía porque canto cuando me siento solo.
Escribo poesía porque Walt Whitman dijo, "¿Yo me contradigo ?" Muy bien entonces yo me contradigo. (Tengo buen tamaño, contengo multitudes.)
Escribo poesía porque mi mente se contradice a sí misma, un minuto está en Nueva York, al otro minuto en los Alpes Dináricos.
Escribo poesía porque mi cabeza contiene 10.000 pensamientos.
Escribo poesía porque ninguna razón 

ningún porqué.
Escribo poesía porque es la mejor manera de decir todo lo que tenés en mente 

en 6 minutos o durante el transcurso de una vida.


Allen Ginsberg (Newark, EEUU 1926-1996)

lunes, 28 de julio de 2014

La realidad y el deseo

Óleo de Soledad Fernández Ramos 

La realidad, sí, la realidad,
ese relámpago de lo invisible
que revela en nosotros la soledad de Dios.


Es este cielo que huye.
Es este territorio engalanado por las burbujas de la muerte.
Es esta larga mesa a la deriva
donde los comensales persisten ataviados por el prestigio de no estar.
A cada cual su copa
para medir el vino que se acaba donde empieza la sed.
A cada cual su plato
para encerrar el hambre que se extingue sin saciarse jamás.
Y cada dos la división del pan:
el milagro al revés, la comunión tan sólo en lo imposible.
Y en medio del amor,
entre uno y otro cuerpo la caída,
algo que se asemeja al latido sombrío de unas alas que vuelven desde la eternidad,
al pulso del adiós debajo de la tierra.

La realidad, sí, la realidad:
un sello de clausura sobre todas las puertas del deseo.

Olga Orozco
Fondo musical: F. Chopin 

miércoles, 23 de julio de 2014

La habitación del suicida


Escritorio antropomórfico, óleo de Salvador Dalí

Seguramente crees que la habitación estaba vacía.
Pues no. Había tres sillas bien firmes.
Una lámpara buena contra la oscuridad.
Un escritorio, en el escritorio una cartera, periódicos.
Un buda despreocupado. Un cristo pensativo.
Siete elefantes para la buena suerte y en el cajón una agenda.
¿Crees que no estaban en ella nuestras direcciones?

Seguramente crees que no había libros, cuadros ni discos.
Pues sí. Había una reanimante trompeta en unas manos negras.
Saskia con una flor cordial.
Alegría, divina chispa.
Odiseo sobre el estante durmiendo un sueño reparador
tras las fatigas del canto quinto.
Moralistas,
apellidos estampados con sílabas doradas
sobre lomos bellamente curtidos.
Los políticos justo al lado se mantenían erguidos.

No parecía que de esta habitación no hubiera salida,
al menos por la puerta,
o que no tuviera alguna perspectiva, al menos desde la ventana.

Las gafas para ver a lo lejos estaban en el alféizar.
Zumbaba una mosca, o sea que aún vivía.

Seguramente crees que cuando menos la carta algo aclaraba.
Y si yo te dijera que no había ninguna carta.
Tantos de nosotros, amigos, y todos cupimos
en un sobre vacío apoyado en un vaso.

Wislawa Szymborksa

Fondo: The string quartet - "Escaleras al cielo" de Led Zeppelin

El remordimiento


Poema leído por Luigi Maria Corsanico

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer.
No he sido feliz.
Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.

Los defraudé. No fui feliz.
Cumplida no fue su joven voluntad.
Mi mente se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
la sombra de haber sido un desdichado


Jorge Luis Borges

martes, 22 de julio de 2014

Flotando en el viento

Óleo de Silvana Sandoval

Cuántos caminos debe recorrer un hombre,
antes de que le llames "hombre".
Cuántos mares debe surcar una blanca paloma,
antes de dormir en la arena.
Cuántas veces deben volar las balas de cañón,
antes de ser prohibidas para siempre.

La respuesta, amigo mío, 
está flotando en el viento,
la respuesta está flotando en el viento.

Cuántos años puede existir una montaña,
antes de que sea arrasada por el mar.
Cuántos años pueden vivir algunos,
antes de que se les permita ser libres.
Cuántas veces puede un hombre girar la cabeza,
y fingir que simplemente no lo ha visto.

La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento.
La respuesta está flotando en el viento.

Cuántas veces debe un hombre levantar la vista,
antes de poder ver el cielo.
Cuántas orejas debe tener un hombre,
antes de poder oír a la gente llorar.
Cuántas muertes serán necesarias,
antes de que él se de cuenta,
de que ha muerto demasiada gente.

La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento.
La respuesta está flotando en el viento.

Bob Dylan 
Fondo musical:  Blowing in the wind

jueves, 17 de julio de 2014

Plasma de la noche

Óleo de Evita Medina
                                                       A.I.L
Ausencia,
plasma de la noche
que me demacra,
atadura dolorosa de tu karma,
negro paludismo
de los eróticos rizomas,
manos atadas.
Carbón calcinante
sobre el extracto efervescente
de tu nombre.
Somnífero alucinógeno,
rastro melifluo
de tu ausente contacto.

Tú, tan solo tú
en el interludio sonoro
de las horas.
Tu aura desplegándose
inmisericorde,
con la brisa
desquiciada de tus poemas.

No te vayas,
es mi súplica constante,
irreverente, disonante.
Sabes que esta esencia
vibratoria te ama.
Hay un teatro
rodeándome de luces,
estrépitos de lágrimas
que a las paredes
neuróticamente se imantan.

Vuelve ya,
que partiré a seguir tus huellas,
las iré devorando del vacío
hasta encontrar tu cuerpo,
tu alma, tus palabras.
Ese arrabal impetuoso
de tu contacto,
de tu voz que me ama.
Iré desvencijando signos
lapidando sentencias lógicas.
Con flores de amor
las iré punzado,
hasta esfumar
las galimatías
de la distancia. 

18-07-2014


Fondo musical: «Into dust»  de Mazzy Star

Una vida

 Óleo de Arturo Martín

Tócala: no se encogerá como pupila
esta rareza oviforme, clara como una lágrima.
He aquí ayer, el año pasado: palmiforme lanza,
azucena, como flora distinta
de un tapiz en la quieta urdimbre vasta.

Toca este vaso con los dedos: sonará
como campana china al mínimo temblor del aire
aunque nadie lo note o se anime a contestar.
Los indígenas, como el corcho graves,
todos ocupadísimos para siempre jamás.

A sus pies las olas, en fila india,
no reventando nunca de irritación, se inclinan:
en el aire se atascan,
frenan, caracolean como caballos en plaza de armas.
Las nubes enarboladas y orondas, encima.

Como almohadones victorianos. Esta familia
de rostros habituales, a un coleccionista,
por auténtica, como porcelana buena, gustaría.

En otros lugares el paisaje es más franco.
Las luces mueren súbitas, cegadoramente.

Una mujer arrastra, circular, su sombra, de un calvo
platillo de hospital en torno, parece
la luna o una cuartilla de papel intacto.
Se diría que ha sufrido una particular guerra relámpago.
Vive silente.

Y sin vínculos, cual feto en frasco, la casa
anticuada, el mar, plano como una postal,
que una dimensión de más le impide penetrar.
Dolor y cólera neutralizadas,
ahora dejad la en paz.

El porvenir es una gaviota gris, charla
con voz felina de adioses, partida.
Edad y miedo, como enfermeras, la cuidan,
y un ahogado, quejándose del frío, se agazapa
saliendo a la orilla.

Sylvia Plath


Fondo musical: Common burn de Mazzy star

martes, 15 de julio de 2014

Aura

 

Felipe Montero, un joven historiador inteligente y solitario que trabaja como profesor con un sueldo muy bajo, encuentra en el periódico un anuncio que solicita un profesional de sus cualidades para un trabajo con un muy buen sueldo. El trabajo, es en la calle Donceles 815, consiste en organizar y terminar las memorias de un general para que puedan ser publicadas. La calle está mezclada por lo viejo y lo moderno. Hay casas nuevas y ancianas – algunas llevan ambos el número viejo y el moderno de la calle. Al entrar en la casa por la puerta abierta, Felipe se encuentra con la viuda del general en la oscuridad de la casa. Solamente se oye la voz de una mujer dirigiéndole la palabra ya que no puede ver nada. Habla con la viuda de General y aunque le pagará mucho dinero para editar el diario, él tendrá que vivir en casa. Felipe no está seguro hasta que conoce a la sobrina de la viuda, Aura que vive con ella. La joven tiene unos impresionantes ojos verdes y pelo muy oscuro. Él acuerda vivir en casa y editar los papeles. La viuda y Aura viven en la oscuridad porque toda la casa les recuerda General muerto. La novela transcurre alrededor de Aura y su extraña relación con su anciana tía. Felipe se enamora de Aura y quiere llevársela de allí porque piensa que Aura no puede hacer su vida con Consuelo la viuda que la tiene atrapada. Consuelo parece controlarle a Aura – siempre están juntas, Aura hace exactamente lo mismo que su tía, por ejemplo cuando Aura estaba despellejando un animal Consuelo, estaba encerrada en su habitación moviendo las manos en el aire como si "estuviera despellejando una bestia" según nos narra Felipe. Al adentrarse en las fotografías y escritos del coronel y la viuda, Felipe pierde el sentido de la realidad y encuentra una verdad que supera la fantasía y el amor. Él se da cuenta de que el general es idéntico a sí mismo y que la viuda parece asemejarse a Aura. Una noche cuando está acostado con Aura, ella se convierte en la viuda con su piel arrugada y el pelo blanco y él se convierte en el general.

lunes, 14 de julio de 2014

Mujer de la burka

¡Triste mujer de la burka!
Huidizos ojos,
paloma frágil, alas resquebrajadas,
aniquilado espíritu, corazón sufriendo.

 
Secular misoginia de los hijos de Mahoma,
eterno llanto callado, rostro del desamparo,
fantasma, apenas existente para el mundo,
que te condena de nacimiento por nacer mujer. 

¡Cubre tu cuerpo de la cabeza a los pies,
así  lo manda Alá que tiene sexo masculino!


Mujer... mujer de la burka, nunca sonriente,
pájaro enjaulado por fundamentalismo religioso,
contenidos gritos sordos,  diario mirando la muerte,
que vez la palabra “libertad”  como símil de suicidio.

Guerra de santísimos soldados que te desangran,
regímenes seculares, hedor machista.


¡Que te han degradado a condición animal!
¡Que matan tu cuerpo y destrozan tu alma!
¡Que te violan la vida, elementales derechos!
¡Que te hunden en el más abyecto analfabetismo!
¡Que te suman a ignominias de una fe corrupta!


 


Mujer de la burka, herida sangrante,
resignado sollozo de pobreza, de injusticia,
mundo árabe, pestilente cárcel de hierro,
agonía de vida, sufrimiento perpetuo,
oxidados códigos culturales, patriarcales.



Burka…
¡Burka maldita!
Vergüenza árabe,
degradante hija ,
inhumanidad oprobiosa,
caduco Oriente,
Occidente ciego,
Inexistente de dioses. 


Mujer de la burka, 

ahogado murmullo
de una amarga realidad 

que aún hoy existe.

¡Mujer Afgana, no llores más,
el mundo se ha quedado sordo!

José Dimitri

 _______________________
Imágenes ( de arriba a abajo)
 - Sharbat Gula la refugiada afgana de ojos claros que un día se hiciese famosa al ser fotografiada por Steve McCurry
- Las mujeres afganas vestidas con burkas esperan el transporte en una carretera en Kabul. REUTERS / Adnan Abidi
  - Mujeres afganas se colocan toallas sobre la cabeza en petición de justicia durante la fiesta del Día Internacional de la Mujer en Kabul, Afganistán.
- Dos mujeres afganas muestran su tarjeta para votar en las presidenciales, en Kabul. Efe http://www.elmundo.es/elmundo/hemeroteca/2014/04/05/m/internacional.html
- La imagen de Bibi Aisha, de 18 años, gana el principal galardón de World Press Photo del 2010 el viernes 11 de febrero del 2011. La fotografía, suministrada por World Press Photo, fue captada por el sudafricano Jodi Bieber.
- Chadia, de 15 años, en el salón de su casa en Melilla, Antonio Ruíz.

Fondo musical: Ramasutra, Budha bar

jueves, 10 de julio de 2014

La actriz

¡Soy el único actor, el único espectador!
mano mía de ardiente dedo metálico
relámpago rojo que opaleces los ojos
buque que te hundes en el mar sin recuerdos.

(José Dimitri)
«La actriz» , óleo de Diego de Rivera

Ella era una frecuencia,
que destila sonidos líquidos
de las paredes vivientes del teatro.
Una subterránea emanación,
que invoca el oscuro sacrilegio
de las palabras.
Una ráfaga de existencia,
antes dada por interfecta,
pero ahora levitante
en el exorcismo de los dramas.

Ella tan indomable
en el ritual onírico,
donde se desquicia su alma,
donde se pervierte el tiempo,
en sus místicas ironías.
Vestida del cachemir
plumiforme,
tejidos desde donde
se liberan sus
bestiales espectros,
sombras del pasado,
que en el presente nacen.

Eternamente desprendida,
rastro desnudo de la pasión
que sangra su servilismo
y que es migraña
doliente de la dulzura.
Olimpo de la noche
es su rol
en el más brumoso ilusionismo.

Evocación inofensiva
y, a la vez, calamitosa,
entre las dilapidadas hazañas.
Consorte del teatro,
piel que es umbroso duende,
feudo adictivo de las palabras,
que lánguidamente se desangran,
entre giros escabrosos,
que resurgen del pasado
para morir sobre el estrado,
al ser carnalmente atadas.


***Huella del aire***
12-05-2014

Fondo musical: Ne me quitte pas de Edith Piaf

miércoles, 9 de julio de 2014

Triste canción


 "El Tri" de México Caricatura de Salnavarro

Ella existió, solo en un sueño
él es un poema que el poeta nunca escribió.
Y en la eternidad los dos
unieron sus almas
para darle vida,
a esta triste canción de amor,
a esta triste canción de amor.

Él es como el mar,
ella es como la luna
y en las noches de luna llena
hacen el amor.
Y en la inmensidad los dos
unieron sus almas
para darle vida
a esta triste canción de amor
a esta triste canción de amor

Él es como un dios,
ella es como una virgen.
Y los dioses les enseñaron a pecar,
y en la eternidad los dos
unieron sus almas
para darle vida
a esta triste canción de amor,
a esta triste canción de amor.

Letra: "El Tri " 

    Intérprete: Huella del aire

Me encanta cuando sonríes

Óleo de Rebeca Beky Bula

Me encanta cuando sonríes,
es como si una flor blanca , alada,
ese ángel que tienes se elevara
dejando ver la luz de tu esencia.

Me encanta cuando sonríes,
porque vibra tu corazón,
gozoso solfeo de ruiseñor
contagiando al mío.

Me encanta cuando sonríes,
es como recibir una lluvia de sol
en mi alma,
en mi piel,
luz en mis ojos.

Me encanta cuando sonríes,
es como un amanecer perpetuo,
despertar alegre que tu rostro
le impregna mágicamente a mi vida.
Por eso,nunca dejes de sonreír.

José Dimitri
2006

Fondo musical: "Horizon" de Rachael Yamagata

Insomnio

 "Madrid" Óleo de Ernest Decals

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres.
A veces, en la noche, yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro.
Y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo, como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios..
Preguntándole, por qué se pudre lentamente mi alma?
¿Por qué se pudren más de un millón de cadáveres en este ciudad de Madrid?
¿Por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo?
Dime ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes azucenas letales de tus noches?

Dámaso Alonso

Fondo: Concierto de Aranjuez, Antonhy Ventura

lunes, 7 de julio de 2014

El soldado y la muerte

 "El soldado y la muerte" - El narrador de cuentos

El Narrador de Cuentos es una serie de televisión británica creada y producida por Jim Henson en 1987.
La serie relata legendarios cuentos europeos a través de la combinación de actuación y animaciones vectoriales. La temática de los mismos es muy variada, pero tratan los temas universales de siempre. Los episodios son contados por un viejo narrador, representado por John Hurt (sustituido poco después por Sir Michael Gambon), sentado junto a una chimenea en un antiguo castillo renacentista, y siempre acompañado por su perro parlante, cuya peculiar voz era aportada por Brian Henson:
Fue una época feliz... ¡¡¡Ya lo creo!!! ¡¡¡Qué recuerdos!!! Cuando las gentes sabían de su pasado a través de los cuentos, explicaban su presente contándose cuentos y predecían su futuro con cuentos, siempre me reservaban el mejor lugar de la casa junto al fuego. ¡¡¡Grandes años aquéllos para un humilde Cuentacuentos!!! Y heme aquí ahora que, después de tantos viajes por el mundo, he encontrado una ciudad mágica donde esa bella tradición resplandece desde tiempos inmemoriales. ¡¡¡A ella te doy la bienvenida, viajero, a la Ciudad de los Árboles Iluminados!!! La historia que hoy nos reúne es: El soldado y la muerte.
Basado en el cuento ruso de mismo título de Aleksandr Nikoláyevich Afanásiev, un soldado regresa después de 20 años de guerra con nada más que tres galletas en su bolsa. En el camino se encuentra con un mendigo que pide comida. Siendo el soldado muy generoso le ofrece una de sus galletas, el mendigo acepta y en agradecimiento le da una extrahordinaria habilidad para silbar.


Fuente: http://cuentosdehadas.peliculasyjuegosonline.com/2009/03/el-cuentacuentos-el-soldado-y-la-muerte.html

Demonio, lengua de plata...

"Angel caído", óleo de Américo Hume

"Truman Capote"

Arcángel desterrado y refugiado en mi anhelo;
cada vez que la albahaca se movía
a mi vientre tu mano apuñalaba
y en el raudo abanico de luces y luciérnagas
o en la pared confusa, donde el enfebrecido
pájaro de la noche se cernía,
aparecías tú.
Continua caracola prendida de mi oído;
hasta cuando la hierba, de grillos relucientes
salpicada, de pronto enloquecía
podíase escuchar tu lengua colibrí.
Y había que decidirse
entre el blanco inocente del naranjo
y tu oscura coraza.
Duro, frío y deslumbrante estuche
para tan dulce torso, terciopelo.

Ana Rosetti

Fondo musical: Cry Cry de Mazzy Star                 Lectura: Ania

El lado oscuro del corazón


El lado oscuro del corazón,  película  dirigida por Eliseo Subiela

Oliverio, un poeta bohemio, recorre Buenos Aires con sus amigos, acosado por la muerte, buscando a una mujer capaz de "volar". En el transcurso de la película, la poesía de Mario Benedetti, Juan Gelman y Oliverio Girondo se ve entremezclada con los lugares más espesos de la cotidianidad artística argentina y uruguaya. Desde el asado, hasta los maltrechos bares de Buenos Aires y Montevideo. Entrelazada en ocasiones con la ficción, solamente para poder mostrar de mejor manera el pensar del personaje central.

La historia se desarrolla en las idas y vueltas de Oliverio, a través de su mundo, en el cual, cambiar alimento por poesía, o pedir en verso monedas por las esquinas de la calle, ver a Mario Benedetti recitando sus poemas en alemán, ver esculturas genésicas, hablar con vacas, y conversar con la muerte, parecen ser parte de un dia cualquiera en la vida de un poeta.


domingo, 6 de julio de 2014

Galope

Óleo de Hermes Garnica 

Lejos la extraña luz
que atraviesa la noche, y más extraña
la luz de los poemas, este espacio
tan breve que ilumina
hacia adentro y nos punza.
Como si la distancia
que apenas calculamos,
se desbocara sola
arrastrándonos fuera,
lejos de todo. Lejos.

Se parece al deseo
de ser nosotros, sí, nosotros mismos
ahora, mas no hay nada,
no hay almas.
                                 Hay relojes
antiguos con delgadas manecillas
locas, y lentos medallones de oro
prendidos en tu pecho.
Como una inmensidad que nos rodea
sin sentido, a nada nos reduce
y abandona lo suyo.

La soledad es ciega y es salvaje.
Sujétate a sus crines despeinadas
y agárrate bien fuerte.

Juan Carlos Abril

De "El laberinto azul", 2001

Fondo Musical: "Instrumental de piano" de Yiruma

Yerma

Representación de alumnos de la Escuela Municipal de Teatro de Vigo.

 Elogiada por la mejor crítica, desde Unamuno a E. Díez‐Canedo, Yerma (1934) es, tal como la definiera el propio Federico García Lorca (1898‐1936), «la imagen de la fecundidad castigada a la esterilidad» dentro de ese dramático juego universal en el que se mueven las criaturas lorquianas: la oposición entre las fuerzas de la vida, con su destino de libertad, y la opresión que sobre esas fuerzas se vuelca incluso hasta llegar a la muerte.
El rol social de la mujer en un pueblo español a principios del siglo XX parece estar condenada a las labores domésticas y la maternidad, delineando esta perspectiva la estructura familiar.
La pieza teatral que se origina en el libro, fue escrita por Federico García Lorca en el año 1924 y puesta en escena por primera vez en Madrid bajo la interpretación de Margarita Xirgu.
En Yerma los prejuicios sociales toman cuerpo en el personaje femenino que da nombre a la obra y van construyendo la narración a través de sus padecimientos y reflexiones.
Yerma, tiene un único proyecto en el que se entremezclan el deseo personal y el mandato social de ser madre. Un matrimonio sin deseo ni amor, un marido estéril, la presencia de un antiguo pretendiente, se combinan para desarrollar un argumento teñido de tragedia y sutil crítica a una identidad femenina intrínsecamente ligada al orden social establecido.
El mismísimo García Lorca calificó la obra como poema trágico y en la que desarrolló con mayor amplitud y relieve un tema central: el de la esterilidad y fecundidad. Yerma, mujer estéril, que lucha desesperadamente defendiendo su verdad, cada vez se vuelve más conflictiva y no cede en ello hasta consumarla. El desenlace final, la muerte del marido, es la última defensa de su sueño imposible y una afirmación rotunda de su destino trágico ante la ciega fatalidad.


Yerma. Centro dramático Nacional  [en línea] http://cdn.mcu.es/espectaculo/yerma/ 07-07-2014

sábado, 5 de julio de 2014

Pero te amo

 "Amor" , óleo de Beatriz Viola

Yo no sé nada de la vida,
yo no sé nada del destino,
yo no sé nada de la muerte;
¡pero te amo!

Según la buena lógica, tú eres luz extinguida;
mi devoción es loca, mi culto, desatino,
y hay una insensatez infinita en quererte;
¡pero te amo!

Amado Nervo

Lectura: José Dimitri

Autopsicografía

 Óleo de Carl Spitzweb

El poeta es un fingidor;
finge tan completamente,
que hasta finge que es dolor

el dolor que de veras siente.

Y quienes leen lo que escribe
sienten en el dolor leído,
no los dos que el poeta vive,
sino aquél que no han tenido.

Y así va por su camino
distrayendo a la razón,
ese tren sin real destino,
que se llama corazón.


Fernando Pessoa

Fondo musical: "Pavana" de Fauré

Soliloquio de Hamlet


 Óleo de Frans Hals

¡Ser, o no ser, es la cuestión! -¿Qué debe
más dignamente optar el alma noble
entre sufrir de la fortuna impía
el porfiador rigor, o rebelarse
contra un mar de desdichas, y afrontándolo
desaparecer con ellas?

Morir, dormir, no despertar más nunca,
poder decir todo acabó; en un sueño
sepultar para siempre los dolores
del corazón, los mil y mil quebrantos
que heredó nuestra carne, ¡quién no ansiara
concluir así!

¡Morir... quedar dormidos...
Dormir... tal vez soñar! -¡Ay! allí hay algo
que detiene al mejor. Cuando del mundo
no percibamos ni un rumor, ¡qué sueños
vendrán en ese sueño de la muerte!
Eso es, eso es lo que hace el infortunio
planta de larga vida. ¿Quién querría
sufrir del tiempo el implacable azote,
del fuerte la injusticia, del soberbio
el áspero desdén, las amarguras
del amor despreciado, las demoras
de la ley, del empleado la insolencia,
la hostilidad que los mezquinos juran
al mérito pacífico, pudiendo
de tanto mal librarse él mismo, alzando
una punta de acero? ¿quién querría
seguir cargando en la cansada vida
su fardo abrumador?...

Pero hay espanto
¡allá del otro lado de la tumba!
La muerte, aquel país que todavía
está por descubrirse,
país de cuya lóbrega frontera
ningún viajero regresó, perturba
la voluntad, y a todos nos decide
a soportar los males que sabemos
más bien que ir a buscar lo que ignoramos.
Así, ¡oh conciencia!, de nosotros todos
haces unos cobardes, y la ardiente
resolución original decae
al pálido mirar del pensamiento.
Así también enérgicas empresas,
de trascendencia inmensa, a esa mirada
torcieron rumbo, y sin acción murieron.


William Shakespeare

Fondo musical: "Requiem" de W. A. Mozart

viernes, 4 de julio de 2014

Cornelia frente al espejo

María Belén Aguirre para "Biblioteca parlante"

De todo el mundo me despido por carta, salvo de vos. La casa está sola. A las ocho Claudio cerró con llave la puerta de la calle. ¡Cornelia!. Mi nombre me hace reír. Qué quieres, en los momentos más trágicos me río o enciendo un cigarrillo y me echo al suelo y te miro como si nada malo tuviera que suceder.
Ciertas posturas nos hacen creer en la felicidad. A veces estar acostada me hizo creer en el amor.
—Soy espejo, soy tuyo. Desde que cumpliste seis años, por mi culpa quisiste ser actriz; tu padre, con su cara de prócer, tu madre, con su cara de república, se opusieron. Qué absurdas son las personas respetables. Cuando guardas las pieles y los fieltros en alcanfor renace tu desconsuelo; en realidad la gente se opone a nuestra vocación, es como la polilla, hay que combatirla día
tras día, año tras año.
—¡Es cierto!. Pero no menciones las polillas ni el alcanfor ni las pieles ni a mi familia, ni siquiera mi nombre. Qué ridículo me parece. Podría llamarme Cornisa, sería lo mismo. Lo he escrito en las paredes del cuarto de baño mientras me desnudaba para bañarme antes de salir para el colegio; lo he escrito en la glorieta del jardín de San Fernando cuando aprendí a escribir; lo he escrito sobre mi brazo izquierdo con un alfiler de oro. Vivimos como si fuésemos a vivir mil años, cepillándonos el pelo, tomando vitaminas, cuidándonos las uñas y las
pestañas, eligiendo y eligiendo como en las liquidaciones de Gath y Chávez.
Hace mucho que te conozco, desde los primeros meses, no, tal vez después cuando usaba un flequillo mal cortado y cintas en el pelo del color de mis vestidos. Desde hace unos días, en cuanto te veo aparecer, como si te viera por primera o por última vez, mi corazón acelera sus latidos. Eres un compendio de las personas a quienes he amado. Estás rodeado de una atmósfera líquida, estás como en el interior del agua, en la luz donde nadan los peces de las grandes profundidades del mar o en la superficie de un lago tranquilo. Sólo tu voz me hace quererte. Vivo en un mundo opaco, material, sin aire, un mundo de talleres; comprenderás que en lugar de sueños tenga a veces pesadillas.
—La avaricia, con su cara filosófica...
—¡Nunca fui avara!.
—Lo fuiste de un modo original. El orgullo, con sus esmeraldas llenas de jardines.
—¡Mi madre es orgullosa!. Yo, nunca.
—La lujuria, con su recua de alumnos más sagaces que sus maestros. ¡La lujuria!. Cuántas veces buscaste esa palabra en el diccionario; manchaste la
página con dulce. Eras precoz, tenías ocho años y veinte orgasmos diarios.
—Yo fui más precoz al descubrir tu ombligo. La pereza con su resignación soñadora. Soy perezosa.
—La gula, con sus dorados libros de recetas. 
—¡El más horrible de los pecados!.
—Te parece horrible porque te hace engordar. La envidia, con oscuros terciopelos, con predilecciones inexplicables.
—¿Soy o no soy envidiosa?. ¡No sé!. Celos y envidia se confunden.
—La ira...
—¿La ira?. ¿Cuándo?.
—El día en que tiraste las alhajas de tu madre al suelo; el día en que rompiste aquel vestido de fiesta. La ira, con sus ojos vidriosos de hiena y sus
encantamientos se ha encarnado en ti.
—¿Ahora quieres que haga mi examen de conciencia?. Me ayudaste a
disfrazarme para pedir perdón. ¿Para pedir perdón a quién?. A Dios y no a mis antepasados. Hay personas que confunden a Dios con sus antepasados. Siempre jugué a ser lo que no soy. Naturalmente que te conmoví. Tus defectos, tus conflictos son míos. Cuando robé la cigarrera de oro de Elena Schleider, en aquella casa de campo que olía a piso encerado, donde nos invitaron a veranear,
en el fondo del cuarto tus ojos, como dos estrellas, me guiaron para dejarme robar sola. Sabías para quién y para qué robaba. Pensé que eras hipócrita: no te guardo rencor. En un marco dorado conmigo amaste y odiaste a Elena Schleider.
Cuando me ponían en penitencia sufría de no verte, de no tocar tus manos envueltas en una suerte de bruma gelatinosa, esa bruma propia de los espejos.
Tu boca es lisa como la boca del agua y fría como la boca de las tijeras. ¡Espejo odiado!. Dentro de algunos instantes no me verás más. Te lo juro. Tengo el hábito de mentir, pero nunca a mí misma.
—Esa falda que llevas, esa blusa de hilo verde te favorecen. Quisiera que te embalsamaran para la posteridad. No fumes tanto. Tus dientes me
deslumbraban, pero ahora... parecen de marfil, de vulgar marfil.
—Fuiste mi única amiga, la única que no me traicionó después de conocerme. A veces, muchas veces te vi en mis sueños, pero no sentí al tocarte
la presión celeste de este vidrio. Tenemos veinticinco años. Es mucho, demasiado ya.
—He visto a viejos sin arrugas, mi querida, con el pelo violeta, viejos decrépitos que parecían disfrazados, y niños viejísimos, niños lívidos que se
hacían los niños. Venían de visita.
—Siempre fui en busca de ti para reírme. Cuando lloraba, para que no me vieras, me escondía detrás del biombo de madera pintada, junto al calorífero del comedor, donde había olor a fritura y a naranjas. Sabía que mis lágrimas te desagradaban. Te gustaba verme reír, con un sombrero de papel de diario, un sombrero de burro con orejas o de almirante, o con un verdadero sombrero. Este es el que prefiero. Siempre me fascinaron los sombreros con plumas. Con un sombrero de plumas soñé que bailaba La muerte del cisne. A los once años, mi
madre vio bailar a Pawlova La muerte del cisne. Desde ese día sueño con ese sombrero de plumas y con esa muerte. Podría tener cuarenta años;
ilusoriamente los tengo esos cuarenta años, que jamás cumpliré; una voz más grave, una seguridad, un aplomo, una dignidad mayor.
—Siempre tendrás una variedad de voces infinita, desde la más grave hasta
la más aguda. En tu pelo teñido, cinco hebras de plata rebeldes te fastidian. Tus uñas impecables son rosadas, pero se rompen; tendrás que tomar calcio.
—Mañana mismo. Consultaré al doctor Isberto.
—Puedes hacer todo el mal que quieras sin que nadie lo note. Todo el mundo cree que eres una santa, no sólo porque te escondes en la oscuridad de
los cuartos, sino porque tienes los ojos muy apartados el uno del otro, lo que te da una expresión de inocencia y de felicidad desmedida.
—Podría ser muy pobre, en el transcurso del tiempo quedar en la miseria, pedir limosna en los zaguanes, no verte más, mi ángel, vagar de puerta en puerta y entrar por fin en una casa para ofrecerme de lavandera, sin saber lavar.
Entonces me verías arrodillada, mi espejo universal, con este trapo en las manos fregando el piso, porque los dueños de casa aprovecharían mi falta de experiencia para hacerme hacer toda suerte de trabajos. Me verías seducir a los hombres, a cualquier hombre que viniera de visita a la casa, al lechero, al almacenero, al plomero, porque las mujeres que trabajan de esta manera tienen
una belleza en el desaliño, una belleza natural que no tienen las otras con sus afeites. Mírame despeinada, con las mejillas rosadas. No te agrada verme en los brazos de un hombre porque eres celoso como yo. Los hombres son monstruos:
el amor los transfigura. Pero no me dejo seducir; en mis manos, con olor a jabón, conservo las predilecciones de mi inocencia. ¿Por qué?. No sé, son como las piedras preciosas que hay dentro de las máquinas de los relojes, ¡esos rubíes
tan necesarios!. Podré barrer los pisos, remendar las medias, limpiar las alfombras mientras tu sonrisa me vigila. Soy virtuosa. Los pobres, aun cuando
son crápulas, son virtuosos; si son crápulas tienen razón de serlo. Tengo las uñas muy cortas, por eso tus manos parecen manos de estatua de piedra y no
de prostituta o de señora. Ahora todo ha concluido: todas las representaciones, los escenarios, los teatros con sus butacas, todos los resentimientos, todas las obediencias, el temor a la obesidad, al soborno, al desprecio.
—Nunca dejaste que me acercara demasiado, me tuviste siempre a distancia, por eso no nos hemos cansado la una de la otra. Todos mis recuerdos
los comparto contigo. ¡Cuánto me gustaba el pan que comíamos juntas!. ¡La taza de café con leche cuyos tragos pasaban por tu garganta misteriosa con un leve temblor!. A menudo dejabas la taza para mirarme. A veces, cuando recogías tu pelo lacio y lo trenzabas con cintas, ignorando el curso de las horas nos perdíamos en una suerte de paisaje donde no intervenían tus conocimientos geográficos porque todos los lugares que recorríamos eran inventados por ti.
¡Cuánto te gustaba la lluvia que había dejado en tu cara un frío similar al de mi cara!.
—¡Cuánto me gustaba no sólo lo agradable, sino lo mísero y terrible, ese dolor en mis entrañas, en mis hombros extasiados, esa venalidad, que repetías,
del cuerpo!. En mi infancia tardaba una hora en tomar el aceite de castor que mi madre me servía con naranjada tibia. No sé qué sabor tendrá este brebaje. Antes probaré el agua sola de nuevo.
—¡Qué fría, qué suave, qué nueva, qué incontaminada!. ¡Si entrases a una gruta nocturna con jazmines, en verano, no sentirías tanta frescura!.
—Es un remedio que se emplea para la anemia, en pequeñas dosis. Lo robé en el laboratorio donde Héctor trabaja. ¿Estaré soñando?. Oigo ruidos en la casa.
Contigo no tengo miedo. No quise tirarme debajo de un tren ni al mar, que es tan agradable, porque no podía llevarte conmigo. Vine a esta casa porque era el único lugar donde nos encontraríamos a solas, pero me había olvidado de que existían fantasmas. No sabes el tiempo que tardé en conseguir las llaves de esta casa, nadie tiene confianza en mí. Mi tía creyó que quería entrevistarme con
algún amante.
—Los sabores, como los perfumes, tienen una gran importancia para ti. Tu paladar es muy fino, pero hoy el sabor que pueda tener este veneno te es indiferente.
—Creo que compartes mi indiferencia. Hoy que me estás mirando más atentamente que de costumbre, te amo y te odio más que nunca. ¡Si alguien nos
viera, qué diría!. Si nos viera mi padre, por ejemplo. "¿Qué haces con esa cara de pan crudo?. Pretendes engañar al espejo", diría eso, pero seguramente piensa que soy la mujer más hermosa del mundo aunque en algo me parezca a mi
madre, por ejemplo en el óvalo de la cara, en el mentón, en la forma incongruente de las cejas. ¡He vivido tanto tiempo en esta casa!. Tengo un inventario mental de las cosas que me gustan: el jardín de invierno donde me escondía, me fascina, el cuarto que era el cuarto de plancha y que sirve ahora de depósito, también. Todo se ha transformado en salón de modas. Este salón era
una sala. ¿Qué diferencia habrá entre una sala y un salón?. Yo me asfixiaba cuando entraba aquí. Las manos de todos los retratos que me miraban me
estrangulaban, y el comedor, con la araña y la platería, y los dormitorios, el de las cortinas rojas donde nació mi hermano Rafael. ¡Por no verlos hubiera vivido en el infierno!. Por suerte mi tía compró esta casa para alojar sombreros. La compra de la casa fue dramática. Mi padre necesitaba dinero y mi madre no se lo perdonaba. Tomaré un trago antes de beber todo el contenido del vaso. La gente aconseja beber de un trago las cosas horribles, el aceite de ricino, la magnesia,
por ejemplo, pero yo los bebo lentamente. ¡Mi querida, no me mires con tanto patetismo!. ¿Recuerdas el día en que te traje aquel perro que lloraba?. Creí que en tus brazos sanaría y te llamé. Te reíste porque el perro tenía una venda alrededor de la cabeza, parecía un turco, y al verse en tus brazos gruñó como un animal feroz. No sabía que estaba muriendo. ¿Sabes ahora lo que me sucede?.
¿Por qué no te ríes?. ¿Acaso mi muerte es más importante que la de un perro?.
Veo los vidrios rojos y azules de la infancia en la ventana que daba al patio.
Detrás de los vidrios, entre las hojas que los golpeaban, me escondía para cometer pecados. Después corría a verte: te entregaba mi cara y mis secretos.
Fue lo que nos unió. La niñera tejía una esclavina violeta, con olor a humo, y me dejaba jugar con los carreteles, después me lavaba las manos en una palangana con flores, donde escupía cuando estaba enferma. Qué extraño. La puerta de la calle está cerrada, no hay nadie en la casa, estoy segura. He elegido este lugar porque mis únicos testigos son los sombreros, las caras atónitas de los maniquíes, que tienen caras y voces de señoras, convengo, pero que son benignos cuando están solos.
—Alguien ha movido el picaporte. Juro que lo he visto moverse. Pero nadie puede venir a esta hora. Mi tía está en casa, enferma. Claudio no tiene llave y si la tuviera no vendría a esta hora. ¡Claudio, mi amigo de infancia!. Qué dirá cuando sepa. Las dos de la mañana. Estoy nerviosa, sin duda. ¿Quién es?.
Conteste. A mí nadie me asusta; no me asusta ni el demonio. Los seres angelicales a veces me espantan.
—¿Qué haces aquí?. ¿Quién eres?. ¿Cómo entraste?.
—La puerta estaba abierta.
—¿Para qué entraste?.
—Quería ver las muñecas.
—¿Qué muñecas?.
—Las muñecas con sombreros.
—¿Cómo te llamas?.
—Cristina.
—Cristina, ¿nada más?.
—Cristina Ladivina, de La Rosa Verde.
—Yo me llamo Cornelia. ¿Y dónde está La Rosa Verde?.
—En Esmeralda.
—Eres un fantasma, una niña perdida, con esmeraldas y rosas verdes. ¿Y te dejan salir sola a estas horas?.
—Me dejan, a cualquier hora.
—¿Pero de noche?.
—La noche es como el día; la oscuridad es como la luz.
—¿Qué edad tienes?.
—Diez años.
—Eres bonita. Mírate en el espejo. ¿Me ves a mi reflejada?. ¿Y a ti?.
—No.
—¿Nunca te viste en un espejo?.
—En el agua, en el barro de los ríos, en el filo de un cuchillo.
—Me das miedo. ¿Y cómo entraste en esta casa?.
—El hombre me hizo entrar.
—¿Qué hombre?.
—El hombre que me mostró los muñecos del escaparate.
—Eres un fantasma. ¿Sabes que es un fantasma?.
—Alguien que vive y que no vive. ¿Eres un fantasma?.
—No sé.
—Y entraste para asustarme, ¿verdad?. ¿He muerto ya?. ¿Viniste a buscar mi alma?. Eres aquella tía mía que murió de sarampión a los diez años, aquella que se llamaba Virginia. ¿Viniste a buscar mi alma?.
—No. Vine por las muñecas.
—¿Y quién es ese hombre de que me hablas?. ¿Dónde está?.
—Ahí.
—Nada me asusta, ni un hombre con su cara.
—¿Está sola?.
—Estaba con esa niña que acaba de entrar.
—¿Con quién hablaba?.
—¿Antes de que entrara la niña?. Hablaba conmigo en el espejo. Usted no puede creerme, ¿verdad?.
—¿Dónde está la persona que hablaba con usted?.
—Aquí en el espejo. Mírela.
—Diga donde está.
—Revise la casa, si quiere. ¿Y la niña?.
—¿Usted es la dueña?.
—No. Ni quiero serlo. Soy una empleada. Sobrina de la dueña.
—No lo creo.
—¿Parezco tan seria?. ¿Tan importante?. ¿Tan respetable como para mentir tan bien?. No me adule, por favor; además, usted no sabe lo que a mí me agrada, por lo tanto no sabría adularme.
—Todas son iguales.
—¿Quiénes son todas?.
—Las mujeres. Todas mienten.
—Yo soy diferente, se lo aseguro.
—No le creo.
—¿Se ha encontrado con mujeres como yo en muchas oportunidades como ésta?.
—Sht, no hable a gritos. No soy sordo.
—Hablo con mi voz natural. ¿Quién es esa niña que entró con usted?. ¿Era realmente una niña, o era una enana disfrazada de niña?.
—No sé.
—¿Usted utiliza a los niños como escudo?.. Diga la verdad. No quiero pensar mal de usted, pero hay cosas que no me parecen correctas. Por ejemplo:
utilizar a una niña de diez años para protegerse. Además ¿usted sabe que los niños son muy sagaces?. Son detectives, diminutos detectives.
—Cállese. No hable en voz alta.
—Hablo en voz baja como en un confesionario. ¿Usted nunca se confesó?.
—Conteste y no haga preguntas. ¿Hay alguien en la casa?.
—¿Por qué mira así?. ¿No me considera alguien?.
—¿Hay alguien fuera de usted?. Sht, cállese.
—No tenga miedo. No hay nadie. Sólo yo y el espejo. A veces pienso que hay fantasmas en la casa. Hoy creí que había uno, pero cuando supe que era usted y esa niña que parecía un fantasma, quedé tranquila. "Por malo que sea un hombre, es un hombre", me dije.
—Sht. Le prohíbo hablar.
—No hablaré.
—¿Dónde están las llaves de la casa?.
—Si me prohíbe hablar, ¿cómo puedo contestar?.
—No se haga la graciosa.
—¿Qué llaves? Hay tantas llaves.
—Cualquier llave.
—¿Usted no sabe cuáles son las llaves que quiere?. Hay muchas llaves: la del armario grande, la del depósito, las de las alacenas, las de los baúles, las de la caja de hierro. ¿Cuál es la que quiere?.
—Las de la caja de hierro.
—Aquí están. Mi tía es muy imprudente. No parece rica.
—Déme las llaves.
—¿Y después qué hará conmigo?. ¿Piensa matarme?.
—Es lógico.
—¿Con qué piensa matarme?. ¿Con ese cuchillo?. ¿Acaso cree que no lo he
visto?.
—¿Le impresiona?.
—Un poco. No me gustan las armas blancas. ¿No tiene un revólver?.
—Tengo todo lo que me hace falta.
—Ese cuchillo es atroz. ¿Sabe si corta bien, por lo menos?.
—Es inoxidable. En seguida pasa.
—¡Pero el filo en la garganta!. Ese primer contacto helado del acero... Y
después... la sangre que corre y que mancha el piso... y que salpica las tapicerías o los cortinados... ¿No le da náuseas?.
—No es en la garganta ni con el cuchillo como la mataré.
—¿Con qué, entonces?. ¿De un balazo?.
—Con una hoja de afeitar.
—¿De esas con que se saca punta a los lápices?. ¿Y no es más práctico usar
el cuchillo?. Porque, después de todo, el cuchillo se usa más que la gillette para esos fines.
—Es cuestión de costumbre.
—Yo usaría el cuchillo o un revólver. La espada es muy larga. Qué disparate. El revólver, es claro, no conviene porque es ruidoso. El estampido me
hace daño. Tengo que taparme las orejas para no oírlo, por ese motivo nunca pude tirar al blanco, aunque tenga mucha puntería. Ni intenté suicidarme con un revólver. ¿Usted sabe tirar?. ¿Obtuvo premios?.Los hombres saben tirar. Es
inútil, por eso van a la guerra y las mujeres se quedan en sus casas o en los hospitales atendiendo a los heridos. Soy permanentemente anticuada. La mujer nació para quedarse en su casa tranquilamente; el hombre, para las grandes
aventuras, para las empresas peligrosas.
—Son nuevitas. Estas hojas de afeitar son nuevitas.
—Ya sé que usted es muy bueno. Tiene cara de bueno. Todas las caras en el espejo son así. Es claro que la cara no quiere decir nada. En los diarios salen fotografías de hombres con caras de asesinos y son santos, en cambio salen otros con caras de santos y son asesinos. ¿Promete que va a matarme?.
Prometa.
—Prometo. Déme las llaves.
—¿Y dónde me hará la herida?.
—Es muy fácil. Cortaré las venas de la muñeca, y después se irá en sangre.
Si tarda mucho, la puedo sumergir en un baño caliente. ¿Hay baño en esta casa?..
—Hay baño, pero no hay agua caliente a estas horas. Empiece. Tenía muchos deseos de morir. Usted es muy bueno, ¿pero qué piensa hacer con el
cadáver?. ¿Piensa cortarlo en pedacitos y sembrar todos los pedacitos por la provincia de Buenos Aires?. ¿Piensa llevarme en una bolsa, como si llevara carbón o papas?. ¿Piensa dejarme aquí tendida en el suelo?. ¿Sabe usted que hay ratones en esta casa y que podrían desfigurarme?. Sería una lástima. ¿Los oye?. ¿Conoce algún veneno para matarlos?. Mi tía está preocupada: la otra noche arrancaron la pluma de un sombrero y dos cerezas atadas con una cinta de terciopelo. Las trampas no sirven para nada. ¿Si resolvieran comer la punta
de mis dedos?. ¿Si me dieran un mordisco en la nuca o en la garganta?. ¿Usted
se da cuenta del dolor que yo sentiría?.
—Los muertos no sienten nada, señorita.
—Eso es lo que usted cree, señor. Los muertos son muy sensibles. Sienten todo. Son más lúcidos que nosotros. Si usted les ofrece carne o vino no lo
apreciarán, pero hágales oír música o regáleles perfume, y verá. Nunca están distraídos. Ven como las palomas los colores ultravioletas. Son refinados,
sensibles. Y de otro modo ¿cómo se explica que les obsequien tantas flores?.
¿Que la gente se gaste tanto dinero en flores, en estatuitas, en misas, en coches?. ¡Qué se yo!.
—Ésa es una vieja costumbre. ¿Cuál es la llave?.
—Las costumbres tienen una razón de ser. Los muertos ven las flores, saben dónde están enterrados, quién los mató. Ven el coche fúnebre, los caballos negros de circo, las iniciales blancas sobre el paño negro que los cubre.
Señor, ¿no podría tirarme al mar?. Adoro el mar. Detesto las ceremonias, los
cirios, las flores, el hervidero de oraciones. Soy mala. Nadie me quiere a mí.
—El mar queda lejos. ¿Cuál es la llave?.
—¿No tiene auto?. Podría alquilar uno. ¿Sus hermanos o sus tíos, no tienen un auto?. Seguramente contará con algún amigo. Me coloca en el automóvil como si estuviera viva y me lleva al mar. Es tan fácil, y es tan precioso el mar.
Para usted sería un paseo. ¿No le agrada el mar?.
—Los cuerpos flotan, señorita. Salen a la orilla.
—Me ata piedras o plomo en los pies. ¿No ha leído en los diarios o en las novelas como se tiran los cadáveres al agua?. ¿No va nunca al cinematógrafo?.
Es tan poético.
—Déme la llave.
—Es una de éstas. No revuelva los papeles que hay en la caja de hierro. Mi tía sufre mucho cuando hay cualquier cosa desordenada en la casa. No tire la
ceniza del cigarrillo al suelo, por favor. Después tengo que barrer.
—No se mueva de ahí.
—No me muevo. ¿Puede abrir?. A mi tía le pasa lo mismo. Nunca puede
abrir ningún cajón, ninguna puerta que esté cerrada con llave. Es una de sus
desventuras. ¿Por qué no se quita los guantes?.
—Abrirás de una vez la puerta, escorpión.
—¿Con quién habla?.
—Si doy vuelta a la izquierda, te tuerces para la derecha; si doy vuelta para la derecha, te tuerces para la izquierda, hija de puta.
—¿Habla con las llaves?.
—¿Usted no hablaba con el espejo?. ¿Qué diferencia hay entre una llave y
un espejo?.
—El espejo me contesta.
—Estas también me contestan. Dicen que usted es una mentirosa.
—Le juro que no. ¿Quiere que yo abra?.
—Está mintiendo.
—No le miento. Las cajas de hierro son difíciles de abrir, pero cualquier ladrón las abre. ¿Usted no es un ladrón profesional, señor?. Cuénteme su vida.
Ha de ser interesante, una vida tan llena de cosas imprevistas. ¿Está casado?.
No. Es demasiado joven. ¿Nunca estuvo de novio?. ¿Viven sus padres?. ¿Tiene hermanas?. ¿Ha viajado?. ¿Dónde pasó su infancia?. ¿Tiene fotografías de cuando era chiquitito?. Me gustaría verlas. ¿Conoce la República?. Yo no he salido de Buenos Aires; nunca viajé. ¿Se da cuenta?. Una mujer de mi edad.
Cuando pienso que existe la China, la India, Rusia, Francia, Canadá, Italia, sobre todo Italia, me desespero. Pocas personas me tienen simpatía. Porque a las
mujeres no les gusta una mujer con ambiciones. En mi adolescencia robé una cigarrera de oro y la vendí por cien pesos. Hay que ser valiente para robar. Los que se dejan robar son miedosos, ¿no le parece?. Mi tía, por ejemplo, todas las noches mira debajo de su cama para ver si hay algún ladrón. Yo, en cambio, tengo miedo de los fantasmas. En esta casa dicen que hay fantasmas, un fantasma vestido de rojo. ¿Usted vio el color de las paredes de la casa al entrar?.
No las habrá visto porque era de noche. Bueno, el fantasma está vestido de ese
mismo color rojo, rojo anaranjado, del color de los ladrillos. Es una niña pequeña, la vi con mis ojos. Qué calor hace. ¿No tiene calor con esa bufanda?.
¿Por qué usa esa bufanda?. ¿No le molesta?. Tiene una quemadura en la frente.
¿Es sordo?. ¿Por qué no me contesta?.
—¡Qué noche!.
—¿Tiene sed?. ¿Quiere tomar un vaso de agua?.
—El agua es para los peces.
152
—Es bueno tomar agua cuando hace mucho calor.
—No hago lo que es bueno. Hago lo que quiero.
—Hace bien. Yo haría lo mismo, si pudiera. Pero soy tan maleducada. No tengo voluntad. ¿No quiere whisky o gin?. ¿Cubana Brandy?. ¿Manzanilla?. Aquí en este placard tenemos unas botellas. Cuando terminamos el trabajo, a veces tomamos un traguito.
—No me interesan las bebidas.
—¿No quiere?. Nadie muere por beber un trago de whisky.
—No insista, señorita.
—¡Qué suerte!. Este veneno es mío, quiero que sea mío. ¡Cómo brilla en el
espejo!.
—Aquí hay otra llave.
—Soy atolondrada. Seguramente es ésta. Al fin pudo abrir. ¿Ahora no encuentra lo que busca?. Nada. Su afán dura un minuto. Usted es muy original.
No tire todo al suelo. No hay nada de valor para usted pero, para cada persona,
cada cosa tiene un valor distinto.
—Ahora sí tengo sed. Me bebería una damajuana de agua. Ésta no está bastante helada pero la tomaré.
—Ahora tiene que matarme.
—Cambié de idea. Además no encontré lo que buscaba.
—Usted no buscaba nada. Usted es un pobre loco. Tiene que matarme. ¿Me
oye?. Para redirmirse, tiene que matarme. Si no cumple con su promesa, lo denunciaré a la policía. Morirá cubierto de vergüenza. ¡Mírese en el espejo!.
—Si quiere denunciarme, puede hacerlo. Quemé las iglesias, di sangre en
los hospitales, tengo sangre universal. No me gusta vanagloriarme, pero no quiero que usted piense que soy un inútil. Hice un buen trabajo. Ahora me llamaron para matar...
—¿A quién?.
—Es un secreto.
—Está fatigado. ¿Por qué habla así?. ¿No se siente bien?.
—Estoy perfectamente bien. Los secretos se dicen en voz baja.
—Lo llamaron para matarme a mí.
—No. Traté de matarla para practicar. Me parecía más fácil empezar por una mujer.
—¿Y por qué abrió la caja de hierro si solo pensaba matar?. ¿Y por qué usa guantes?. ¿Y por qué se tapa la cara?. ¿Acaso tiene miedo de que lo lleven preso?.
—Le pedí las llaves para curiosear, para pasar el tiempo.
—¿Sabe para qué usa guantes y por qué se tapa la cara?. Yo se lo voy a decir: para no dejar las marcas de sus manos, para que sus camaradas no sospechen que usted es un miedoso, un inútil, un pobre diablo incapaz de matar.
Pues ahora tiene que matarme, es el castigo que merece. ¿Qué diferencia hay
entre matarme y decapitar a Santiago Apóstol y su caballo?. Usted los decapitó, ¿verdad?. Si usted matara mi imagen en el espejo, me mataría también a mí.
¿Por qué no tuvo miedo y ahora tiene miedo?. Nosotros, los seres humanos,
somos irreales como las imágenes. ¿Qué iglesia quemó?.
—Todas las que pude. No conozco los nombres. No crea que es tan fácil.
Algunas no ardían.
—¿A qué vírgenes, a qué santas golpeó?.
153
—A ninguna. En el momento...
—Diga. No voy a despreciarlo más ni tenerle menos lástima.
—En el momento en que iba a cortarle la cabeza a una de ellas, se me aflojó el brazo.
—¿Por qué?.
—No sé. Tengo reumatismo. Me miró con sus ojos de gitana, como si fuera a decirme la buenaventura. Era la más chiquita. De este alto y no pude golpearla. Los compañeros se rieron de mí.
—¿Y el pedestal no tenía una inscripción?.
—No. Siento no haberle cortado la cabeza. Ahora la veo siempre por todas partes. Como si fuera una adivina, sigue mirándome.
—Era una adivina. Las santas son todas adivinas. Tiene que matarme.
Usted ha bebido un poco del contenido de este vaso. En ese vaso había un veneno precioso, que me costó conseguir. Usted va a morir. ¿Nunca rezó?.
Todavía está a tiempo. Tiene que matarme inmediatamente. Si no lo hace le escupiré en la cara y llamaré a los ratones del vecindario para que le coman la lengua y las manos. Si usted rezara, no le sucederían cosas tan desagradables como las que le estoy prometiendo. ¿Me oye?. Voy a gritar. ¡Socorro!.
—¿Quién es usted?.
—¿Qué sucede?.
—Nada, nada. Este señor tenía que matarme: me lo prometió y ahora se niega a hacerlo. Va a morir dentro de unos instantes ¡y no quiere redimirse
porque es cobarde!.
—Perdonen la intromisión. Vi la puerta abierta, oí gritos y entré. No soy de la policía, no se asusten. ¿Qué ha sucedido?.
—Este señor entró a matarme, me hizo creer que buscaba algo, abrió la caja de hierro y dejó todo tirado. No necesita robar, es un hombre rico. No sé
qué quiere; él tampoco.
—¿Qué debo hacer?. Por favor, dígamelo.
—No se aflija.
—Lo hemos dejado escapar. Es horrible.
—Peor sería que no se hubiera escapado.
—¿Por qué?.
—¿Qué hubiéramos hecho con él, con su enorme cuerpo?. ¿Quiere decirme?.
—Lo que merecía: castigarlo. Tendríamos que perseguirlo.
—Imposible. Va a morir. He oído un ruido. Algo se ha desplomado en el piso
de abajo. ¡Es él!. Ha muerto como un perro. ¿Pero no comprende que ha muerto?. Bebió un poco de veneno.
—No comprendo nada. Ante todo vamos a cerrar la puerta de la calle. Si usted me permite. Veremos si el hombre no se ha escondido en algún rincón de
la casa.
—No veo nada. Voy a encender la luz.
—No se aflija: hay hombres que tienen siete vidas como los gatos. ¿No envenenaron a Rasputín mil veces y no se salvó mil veces?.¿Ahora qué debo
hacer?.
—Debe hacer lo que este hombre no hizo: matarme.
—¿Matarla?.
—Sí, matarme. Hace tres noches que no duermo buscando una forma de suicidio. Ayer conseguí este veneno y estaba por tomarlo en medio del silencio
de esta casa cuando oí ruidos insólitos.
—Y apareció en la puerta el malhechor, como en el cinematógrafo o en el teatro.
—No. En lugar del malhechor apareció muy silenciosamente, deteniéndose en el marco de la puerta, una niña.
—¿Una niña?. Oigo ruidos.
—Son los ratones; racimos de ratones. Caminan como hombres.
—¿Y esa niña entró con el hombre?.
—Según me dijo, el hombre la hizo entrar.
—¿Y para qué?.
—Para que viera estas muñecas. Estos maniquíes eran para ella como enormes muñecas. Le pregunté cómo se llamaba.
—¿Y se lo dijo?.
—Sí. Me dijo que se llamaba Cristina Ladivina.
—¿Ladivina o la adivina?.
—Ladivina o Ladvina, no sé. Debe de ser un nombre ruso.
Cuando quise averiguar su apellido, me respondió: Ladivina de La Rosa
Verde. Cuando le pregunté dónde estaba La Rosa Verde, me dijo: en Esmeralda.
—La Rosa Verde queda cerca de aquí. Es un café solitario, donde los mozos
duermen en lugar de atender a los clientes.
—¡Nunca se me hubiera ocurrido!. Todo me pareció tan misterioso. En boca de aquella niña la palabra Esmeralda no pareció una calle, sino una piedra preciosa. Al verla, sentí miedo. Estaba yo tan perturbada, tan perturbada que, al detenerme frente al espejo con ella, no vi su imagen junto a la mía reflejada. Y ahora pienso, que en lugar de ver el cuarto reflejado, vi algo extraño en el
espejo, una cúpula, una suerte de templo con columnas amarillas y, en el fondo, dentro de algunas hornacinas del muro, divinidades. Fui víctima sin duda de una ilusión. ¡Estos días he oído hablar tanto de las iglesias en llamas!.
—¿Y podría decirme para qué quiere morir?. ¿Tiene una cita con alguien en el otro mundo?.
—Usted ¿para qué quiere vivir?. ¿Sabría contestármelo?.
—Si me dejara pensar un rato, se lo diría.
—¿Es difícil?. ¿Tiene que pensar para decírmelo?.
—No soy tan espontáneo como usted.
—No tenga miedo al ridículo.
—Tengo conciencia de mis limitaciones, pero la felicidad, la falta de obstáculos, no me parecen indispensables para desear vivir.
—A mí tampoco. A veces uno toma una decisión y la cumple cuando la causa que nos ha obligado a tomarla no existe.
—Entonces usted obra por amor propio.
—Por amor propio, no; pero sí por impulso, por una ilusoria fidelidad a mí misma.
—¿Quiere que le diga para qué quiero vivir?. No creo que este sea un momento para pensar en cosas personales. ¿De qué se ríe?.
—No me río. Todos los hombres dicen las mismas cosas, hablan de las cosas personales como si fuera de una enfermedad.
—Es una enfermedad.
—Siempre pienso en cosas personales, es cierto. ¿Me desprecia?. Le advierto que no me preocupa. Puede sentarse, si quiere.
—Cuando pasaba por esta casa, la ventana de este cuarto me despertó curiosidad, como si hubiese presentido lo que iba a suceder esta noche.
—Tal vez nos hemos cruzado algún día por la calle.
—No sería fácil, pues generalmente camino mirando la punta de mis zapatos, sin ver a la gente que pasa.
—Todo el mundo necesita hablar con algo que no sea una persona; yo, con el espejo; el malhechor, con las llaves; Cristina, con las muñecas; usted, con sus zapatos. Yo miro todo sin ver nada. Es una costumbre. La gente cree que soy miope. En cierto modo lo soy.
—¿Vive aquí?.
—No. Trabajo aquí.
—¿En qué trabaja?.
—¿Ve estos sombreros?. Los hago yo. De noche estudio y en los recreos leo. Esta es mi biblioteca, mi camarín. ¿Y usted qué hace?.
—Soy estudiante de arquitectura.
—Las cintas, las flores, las plumas, los velos son para mí lo que serán para usted los edificios.
"Ese vals que se oye es el vals de amor de Brahms. Cuando oigo esa música, me enfurece la charla de las señoras que vienen a buscar sombreros. Y
mi tía las atiende con remilgos. Las más chillonas hablan así:
"Qué bonito, ay, pero qué bonito".
"A mí me gustan los sombreros grandes".
"Son horribles, querida, horribles. Mírate en el espejo. Verte, ¿no te asusta?".
"Las cintas, Matilde, me enloquecen". "¿Se volverán a usar las cerezas?".
"Ya no se usa la paja de Italia".
"Este sombrero es muy sentador, a través del velo brillará su cara como en un fanal".
"Qué caro. Es demasiado caro".
"Ya no se puede comprar nada, nada, nada". "Yo te lo decía".
"¿Para qué se usan los sombreros?. A veces me lo pregunto. ¿Por el sol, por la lluvia, por el viento?".
"Es nuestro único pudor. Lo usamos para taparnos la cara, como las sultanas con velos, para protegernos de las personas que nos miran
impúdicamente".
"No es cierto. Debajo de sus alas nos besan con frenesí, o sirven de pantalla".
"¿No tendrían un sombrero de terciopelo?".
"El terciopelo no es para esta época, ¿verdad?. Es muy caluroso. Quiero uno de paja, amarillo. Uno que traiga suerte".
"Tengo uno precioso".
"El ideal sería un sombrero de musgo. Detesto la paja, me raspa el cuello.
Tengo alergia".
"¿Dónde encontraré un sombrero?”.
"Vamos, vamos, es tarde. Señora, ¿no podría traerme una palangana
pequeñita y un jabón?".
"¿Quiere pasar al cuarto de baño?".
"Estoy demasiado cansada y me siento mal". "Iré a buscar la palangana".
"Se ha ofendido. ¿Por qué le pediste una palangana?".
"Tengo los pies muy sucios. Me los voy a lavar, con su permiso". "Levántate
y mira los sombreros. Hay muchos. Alguno te gustará. El de musgo, tal vez".
"Con este sombrero bailaré La muerte del cisne. A los once años mi madre vio bailar a Pawlova La muerte del cisne. Desde ese día sueño con un sombrero de plumas y en la muerte".
"Se ha desmayado".
"No la despertéis, que duerme".
"Se ha transformado en un cisne, un cisne verdadero". "¿Y dónde esta Leda?".
"Yo soy Leda".
"Levántate, cisne, y prepárate para tus próximas muertes". "Los sombreros cambian, cambian como nosotros".
"La gente no tiene educación. Estamos apuradas. Nos embarcamos en el Augustus, el mes que viene. Llegaremos a París en pleno invierno. ¿Tendrán algo
práctico y bonito, elegante más bien algo en forma de turbante o de diadema o en forma de cloche?”.
“Iré a buscar los sombreros de invierno que están guardados en el depósito.
¿Quieren tomar asiento?. Antes les enseñaré algunos sombreritos que tengo aquí
y que pueden servir para el invierno. Harán un viaje muy largo?".
"Estaremos ausentes un año. Esta niña sonaba con París. Tiene algunas
amiguitas allá, pero pensamos ir a Italia, naturalmente a Inglaterra".
"Dichosos los que pueden viajar. Yo viajaría siempre de aquí para allá, de allá para aquí, como los ingleses. Conozco Italia, Venecia; ay, Venecia, allí pase todas las lunas de miel".
"A mí me gusta Florencia, con esos museos, con esos palacios; la seda natural, las camisas, las blusas, las corbatas que allí se compran por nada, y los perfumes".
"¿Cómo habrán sido los primeros sombreros del mundo?".
"Eres preciosa y todo te queda bien. El sombrero más antiguo es tal vez de origen griego. ¿Conspiran en esta casa?. ¿Se trata de algún complot?. Tenga
cuidado. El sombrero griego es el llamado en latín petasus, sombrero liviano y pequeño, que se sujetaba con un cordón. Era prenda de viaje o de campo, y los romanos lo usaban para el teatro o para saludar. En China, durante el Imperio, el uso de ciertos sombreros tenía carácter oficial obligatorio. Y no sólo las mujeres llevaban estos adornos en los sombreros: Felipe III, en su Pragmática, de 1611, consintió que los hombres pudieran llevar en los sombreros cadenas,
cintillos de piezas de oro, aderezos de camafeos o hilos de perlas. ¿Conoce la historia del sombrero de copa?. El sombrero de copa fue inventado en 1782, no, en 1797, por el inglés John Hetherington, quien fue llevado a los tribunales y multado por haberse presentado en la calle con un tubo de seda, alto y lustroso, sobre la cabeza. La multa fue impuesta porque varias mujeres se desmayaron y algunos niños quedaron heridos entre la muchedumbre que se agolpó para ver pasar a aquel extraño y terrible objeto."
“¡Qué interesante!. Todos los modelitos están a su disposición".
"Éste me gusta. Este de piel de tigre".
"Es un gato. Qué amor".
—Estoy preocupado. ¿No le parece que tendríamos que perseguir a ese hombre, averiguar si ha muerto?.
—Una persona que está por morir trata de olvidar todo lo que es desagradable: delincuencia y policía. ¿No me creyó, verdad?. Cree que ese hombre era mi amante o algo por el estilo. ¡Desengáñese!. Yo iba a suicidarme.
Yo tendría que estar muerta en este momento; por milagro, por culpa de ese
hombre que entró a matarme, usted está hablando conmigo. ¿Ve ese vaso?.
Contiene un poco de veneno. En el momento en que iba a tomar ese veneno
entró el hombre y dejé el vaso sobre la mesa. El hombre prometió matarme de una manera que no era dolorosa; con una gillette. Me pidió las llaves de la caja de hierro. Se las di. Al principio creí que no podía abrirla, después advertí que no era eso lo que buscaba. Su furia fingida me inspiró terror e intente envenenarlo.
Le ofrecí agua. Él bebió un poquito. Después de abrir la caja de hierro, me anunció que me perdonaba la vida. Protesté inútilmente. Ahora pienso que el hombre tiene siete vidas como los gatos, y me da pena. Me confesó que había incendiado las iglesias, que practicaba o pretendía practicar asesinatos.
—Pero es un hombre peligroso.
—¿Todos los hombres peligrosos están libres y los buenos están presos siempre?. No quiero que nos lleven presos. No quiero aplazar mi muerte.
Muéstreme ese revólver.
—Tenga cuidado.
—¡Pero es de juguete! .¿Siempre usa revólver de juguete?.
—No. Sólo cuando me encuentro con usted.
—Parece verdadero. ¿Qué hubiera hecho el hombre si no fuera por ese revólver?.
—Matar a uno de los dos, y si hubiéramos tenido mucha suerte, a los dos.
Estaba asustado. El miedo es a veces original.
—Era un hombre cobarde.
—¿Hay que tener miedo a los cobardes?.
—Cuando le hablé de los ratones y de los fantasmas, se estremeció.
—Pero eso no es un síntoma de cobardía. Yo también tengo miedo.
—¿De qué?.
—De muchas cosas.
—Pero diga de qué.
—De estar con usted, por ejemplo, en esta casa.
—¿Le parezco tan terrible?
—Sí.
—¿Entonces podría prometerme una cosa?.
—Cualquier cosa.
—¿Promete matarme?.
—Prometo, a condición de que me cuente toda su vida, sin omitir ningún detalle.
—Contar mi vida a un intruso, no me parece absurdo. En otros momentos de mi vida hubiera buscado a una persona que me fuera simpática o que fuera muy atrayente, pero ahora ¿quiere que le diga la verdad?. Quisiera envilecerme para poder morir tranquila.
—No está muy desprendida de la vida.
—¿En qué lo advierte?.
—Lo advierto en la manera que tiene de jugar con ese anillo.
¿Lo quiere mucho?.
—Lo quiero mucho.
—¿Quién se lo regaló?.
—Nadie. Yo. Los objetos me fascinan.
—Para poder morir hay que desprenderse de ellos. ¿Por qué no me lo da?.
—Nunca se lo daría. Usted tiene un carácter muy violento.
—¿Cómo lo sabe?.
—Por la forma de sus manos.
—¿Se dedica a la quiromancia?. Como le decía, falta mucho para que se desprenda usted del mundo.
—No sabe ni entiende nada. Pero le contaré mi vida, si se le puede llamar vida: hace mucho yo soñaba con el teatro, con escaparme de mi casa. No me separaba del espejo, donde estudiaba mis movimientos de actriz. ¡Por eso tengo una variedad enorme de voces!. Podía imitar la voz de mis tías, de mis amigas.
Tenía once años, tal vez no sea la edad más importante, pero para mí lo fue cuando vi a Pablo por primera vez, en San Fernando. Casi me desmayo; fue en casa de Elena Schleider, una persona a quien yo adoraba. Elena era amiga de mi
madre y nos invitaba a veranear. Como yo era muy aniñada, todas las visitas me trataban como a una chiquilina. Sin embargo, la actitud de Pablo me parecía diferente. Pablo estudiaba ingeniería, pero se interesaba por la literatura. A veces me leía párrafos de alguna novela que estaba leyendo o se escondía conmigo en la cocina para que no nos vieran las visitas, o buscaba mi pie o mi mano debajo de la mesa, a la hora de las comidas, para burlarse conmigo de alguno de los invitados. Solía mirarme fijamente, para hipnotizarme. En los días
tórridos de enero, a la hora de la siesta, en que todo el mundo se recuesta y se abanica con pantallas, íbamos en bicicleta al río. A veces descansábamos debajo de algún árbol y hablábamos de Elena Schleider. Pablo me pedía que imitara su voz. ¡Cómo cantaban las chicharras!. ¡Y los grillos a la noche!. Ahora, cuando los oigo, me parece que revivo esa época. Pablo me decía:
"Van a ponerte en penitencia".
"No me importa, no me importa y no me importa".
"Hace cuarenta grados y tendrías que estar durmiendo la siesta".
"Ya lo sé. ¿Quién habrá inventado la siesta?. Lo mataría. En cambio, al que inventó los helados lo abrazaría. ¿Quieres probar?". "Detesto el helado de frutilla".
"Yo detesto el helado de limón. Quiero que pruebes el mío." Yo le decía, imitando la voz de Elena:
"¡Hipnotizame!".
"No me faltes al respeto. No le pases la lengua".
"¡Qué estará haciendo Elena!. Estará toda de celeste. Es el color que le gusta. Toda de celeste, debajo del mosquitero durmiendo." "Sus siestas son muy largas".
"A veces sale de su cuarto a las seis y media de la tarde, cuando las visitas terminaron de tomar el té".
"¿La quieres mucho?. ¿Más que a tus tías, verdad?". "A mis tías no las quiero".
"¿Y por qué quieres tanto a Elena?".
"No lo sé. Tiene muchos frasquitos de perfume en su cuarto, y collares y flores y a veces peinetas que parecen caramelo, muchos libros y muchas
fotografías. No es como las otras personas. Cuando entro en su cuarto, me deja tocar todo y me regala cosas. No es porque me regale cosas que la quiero. Mis tías también me hacen regalos. Es cuestión de simpatía".
"Más que simpatía. Me parece que la admiras profundamente."
"¿Profundamente?. ¡Es cierto!. La admiro. ¿Por qué será que la admiro?. Es como estar enamorada".
"¿Será porque toca bien el piano?".
"La admiro por nada y por todo. Porque está dentro de ella misma como dentro de una casa. Porque no tiene vergüenza. Nunca tiene un barrito en la
cara, ni un grano".
"Cuando seas grande serás lo mismo". "No quiero".
“Eres tímida. A tu edad uno se ruboriza por todo".
"No soy tímida. Soy como soy. Yo siempre seré lo mismo". "¡Ya se terminó!".
"¿Qué se terminó?”.
“El helado!. No dura nada." "¿Comerías otros?".
"Cinco más, de todos colores."
"¿De frutillas y de dulce de leche? ¿Quieres que vaya a buscarlas?”.
“Haré el sacrificio".
"Cinco de dulce de leche y cinco de frutillas. De todos los colores, salvo de uno del color de la nieve. Ese helado horrible, de limón. Quiero irme a Estados Unidos para comer todo el día helados. No. No te vayas. ¡Hipnotízame!”.
"Voy a buscar los helados".
"Prefiero que te quedes. Tengo tantas cosas para decirte". "¿Sólo para comer helados quieres ir a Estados Unidos?".
"En verano, sólo para comer helados. El resto del tiempo, estudiaría teatro.
¡Hipnotízame!".
"Serás una gran actriz." "¿Lo crees?".
"Naturalmente que lo creo".
"¿En qué se ve que voy a ser una gran actriz?". "En tu carita de mono".
"Qué gracioso".
"En la manera de moverte, en la manera que tienes de sentarte o de hablar cuando estás triste o alegre".
"¿Sabes cuándo estoy triste o alegre?".
"Es natural que sí".
"¡Qué feliz soy!. Creía que nadie me comprendía. Elena no me comprende".
"Ahora sabes que alguien te comprende".
"¡No me parecía posible, Pablo!. ¿Piensas que seré algún día una gran actriz?".
"Estoy seguro".
"Cuando le dije a Elena que yo quería ser actriz, me contestó que mamá se opondría. Y fue verdad. No soporta que le hable de teatros ni de actrices".
"Tu madre es muy severa".
"Me odia. ¡Hipnotízame!".
"No digas cosas absurdas".
"Verás si no me odia. Para ella, en primer término, están las ideas morales, y en segundo término, yo. Además, es ciega. Es íntima amiga de Elena".
"¿Qué quieres decir con eso?".
"Que Elena no tiene las mismas ideas morales que mi madre, y que mi madre lo ignora".
"¿Qué sabes?".
"Se lo oí decir a la planchadora y al jardinero". "¡Qué niña esta!".
"La planchadora y el jardinero me quieren mucho. ¿Cuántos días faltan para que termine el verano?. ¡Hipnotízame!". "Ya estás pensando en eso".
"Termina siempre mi alegría ese día. ¿Cuánto falta?". "Tengo que hacer la
cuenta. Parte de enero, febrero y parte de marzo. Sesenta días. ¡Qué extraña
eres, Cornelia!. Tan aniñada algunas cosas y en otras tan adulta".
"Y tú tan estúpido".
"Gracias".
"Me llaman".
"¿Tu madre no puede comprarte zapatos mejores?".
—Así pasé los primeros años de mi adolescencia: adorando y esperando como una idiota la llegada del verano, de Elena Schleider, de Pablo con los
jazmines del cabo, las magnolias y el canto estridente de los pájaros. Durante el invierno los veía esporádicamente. Tardé en darme cuenta de las relaciones que existían entre Elena Schleider y Pablo. Elena Schleider era tan seria que nadie la
creía capaz de cometer un adulterio. Además, se parecía al supuesto retrato de Lady Talbot, de Pedro Cristus. En una oportunidad dio lugar a comentarios el que Elena Schleider no quisiera acompañar a su marido en un viaje de negocios por
Europa. Se dijo que estaba enferma, pero durante todo aquel verano, sus mejillas relucieron con un color muy vivo, lo que me llevó a pensar que la fiebre embellecía a las personas. Conservé durante un tiempo una horquilla de ella.
Recuerdo que me mudaron de cuarto aquel verano, y que Pablo no salía conmigo a la hora de la siesta como acostumbraba hacerlo. En varias oportunidades me dijo que fuera a esperarlo a la sombra de un sauce que quedaba bastante
retirado de la casa, a orillas del río. Lo esperaba mirando el agua, con impaciencia. Un día resolví volver a la casa, para reprochar a Pablo su conducta.
Cuando llegué a la casa, la puerta de la calle estaba cerrada con llave. Me trepé a un balcón, encontré la puerta del balcón abierta y entré. En puntillas me dirigí al cuarto de Pablo. No había nadie. Después recorrí la casa, cuarto por cuarto,
hasta que llegué al de Elena Schleider. Eres lo único que tengo en la vida, susurraba la voz transformada de Elena Schleider. En la penumbra primeramente no vi nada, luego, como la mujer de Barba Azul cuando entró al cuarto prohibido,
retrocedí espantada. Pablo y Elena Schleider, como un monstruo mitológico, estaban abrazados, sobre la cama. Hablaban de una cigarrera de oro, en voz
baja, como si se confesaran. Era el regalo que Pablo le había hecho a Elena. Salí despavorida al jardín, bajé al río y me escondí entre las plantas.
—¿Por qué no sigue?.
—No sé. Me parece que hablo en vano.
—¡Por favor!.. Me hace olvidar el mundo horrible en que vivimos, las torturas.
—¿Las torturas?.
—Sí. Las torturas. Siga.
—Esa noche me buscaron con linternas y me encontraron tarde, con el vestido roto y despeinada. Dije que un hombre me había violado. Inventé esa
historia. Poco después, cuando ya me había desvestido para acostarme, Elena y Pablo entraron en mi cuarto para ver si ya no lloraba.
"Toma un poco de café. Termínalo. Va a hacerte bien", me dijo Elena.
"Por favor, unos tragos más".
"Ahora nos dirás qué sucedió. ¿No puedes decirlo?".
"No nos hagas padecer tanto. Hace una hora que estamos rogándote que nos hables".
"No se lo contaré a nadie. Puedes estar segura".
"Ni yo tampoco. A nadie. Sé razonable. Hablar no cuesta nada". "Fue un
hombre, un hombre horrible. Quiso violarme". "Donde aprendiste esa palabra?".
"No la aprendí. La conocía".
"Cornelia lee mucho. Además, es una señorita. Siempre te olvidas de la edad que tiene".
"¿Pero qué sucedió?" ."Me rompió el vestido".
"No llores. No llores. Tal vez sea un malentendido. ¿Por qué te fuiste sola de noche?".
"Me perdí. Estaba juntando jazmines en el cerco de un jardín. Se hizo de noche, una noche oscura".
"No volverás a alejarte de casa".
"No, a esas horas no volveré a alejarme".
"Nos asustaste mucho. Me duele la cabeza. Estoy enferma. Eres una
inconsciente. Voy a acostarme. Te dejo con Pablo. A él le tienes más confianza.
No te aflijas. No pienses. Mañana hablaremos con tranquilidad". "Tengo miedo".
"¿De qué?".
"De que vuelva. Oí pasos en el jardín".
"Espera. Voy a apagar la luz. No hay nadie. Estás nerviosa".
"No".
"Dijiste que la noche estaba oscura. ¿No habrás soñado? Mira el resplandor de la luna, allá arriba".
"No he soñado. Lamento no haber muerto".
"Lo dices para castigarme".
"Lo digo porque lo siento".
"No llores. Eres una chiquilina".
"No estoy bien. Voy a desmayarme".
"Cornelia, Cornelia, contéstame. Voy a llamar a un médico".
"No. Ya estoy mejor. No te muevas. ¿No eres supersticioso?".
"No. ¿Por qué?".
"Oíste el chistido de la lechuza?”.
“sí".
"¿Oyes?. Cuando alguien está por morir se oye el chistido de una lechuza”.
“¿No estaré por morir?. Tengo un pecado mortal."
"¿Qué pecado?”.
“No es uno solo!".
"¿Mortales todos?".
"Todos mortales. Iré al infierno. Cuando pienso en el fuego del infierno me da frío".
"No tiembles. Te salvaré del infierno".
"¡No eres Dios para salvarme!".
"Puedo protegerte".
"Nadie puede proteger ni salvar a un pecador".
"Estás arrepentida".
"No estoy arrepentida".
"Estás nerviosa. Voy a darte un calmante. Toma".
"No quiero, y no quiero que nadie me domine".
"Nadie pretende dominarte. No te hagas la nenita".
"Tener once años es peor que ser una esclava".
"¿No eres feliz?. ¿Nunca eres feliz?. Vamos, no te hagas la víctima. Quiero verte sonreír."
"No me comprendes. No podré dormir. Ese hombre, ese hombre horrible".
"No llores. Trata de dormir. Tranquilízate".
"Me tuvo entre sus brazos. El silencio y la oscuridad entraron en mí. Dije la
verdad: un hombre me violó aquella noche. ¿Qué piensa?".
—La escucho.
—Al día siguiente, como si nada hubiera sucedido, Elena Schleider y sus huéspedes me llevaron por la tarde al cinematógrafo. Elena Schleider hizo algún
comentario sobre mi palidez morbosa, sobre la necesidad de cortarme el pelo y enseñarme a tener mejores modales. La odié como sólo se odia a una persona que uno ha adorado. Entonces concebí mi venganza. Al día siguiente robé la cigarrera de oro y poco tiempo después la vendí para comprar un anillo a Pablo.
Tuve que esperar la oportunidad para regalárselo. Elena Schleider había salido
para hacer unas compras. Todos los huéspedes jugaban a las barajas, salvo Pablo. Temblando me acerqué a él y le dije:
"Creo que me odias y no puedo seguir viviendo así". "Pero mi hija ¿cómo puedes creerlo?".
"Entonces, si no me odias, te regalaré este anillo que conseguí a costa de muchos sacrificios. ¿Lo usarás?. Contéstame. ¿Me oyes?".
"¿Qué dices?. Perdóname. Estoy estudiando una materia muy difícil".
"Conseguí a costa de muchos sacrificios este anillo de oro y quiero que lo uses. ¿Lo usarás?".
"No podría; de ninguna manera. Nunca usé ni usaré un anillo. Además, es un anillo de compromiso".
"Qué importa que sea un anillo de compromiso".
"Importa mucho. No me gustan los símbolos".
"Si no quieres usarlo en el anular, entonces podrías usarlo en tu llavero".
"Es una tontería. ¿Quién usa anillos en el llavero?. ¿Quieres decirme?.
¡Tienes unas ideas!".
"Te arrepentirás toda tu vida".
"¿Volverás a llorar?. Cornelia, mi paciencia tiene un límite".
"Si no lo usas en tu llavero voy a matarme. Hoy mismo, hoy mismo”.
"No grites. Toda la casa va a oírte. Es lo que quieres, ¿verdad?. Dame el anillo. ¿Estas satisfecha?. ¿Comiste dulce? Está sucio”.
"No".
"¿Qué quieres que haga ahora?. ¿Que me mate?. ¿Qué pretendes?.
¿Vuelves a llorar?".
"Tengo que decirte algo”.
"Dímelo pronto. No me tortures".
"Voy a tener un hijo".
"Lo que me dices sobrepasa mi entendimiento. Estás loca. Estoy loco.
Estamos tal vez todos locos. Pero creo que mientes".
"Digo la verdad. Siempre la verdad. ¿Quieres que me vaya?".
"Pablo, ¿no me oías?".
"Estaba estudiando. En esta casa es muy difícil estudiar. Por no decir imposible".
"La vi salir a Cornelia con los ojos rojos de lágrimas. ¿Qué tiene esa niña, puedes decirme?".
"Es niña. Conoces esa desdicha. Tú también lo fuiste".
"Siempre fui feliz. Feliz como los pájaros".
"Hay niñas que sufren a los once años".
“¿Por qué a los once años?. Nunca he entendido esas cosas. Explícamelas".
"Si no lo sabes, no puedo explicártelo".
"Piensas que no soy sensible, ¿verdad?. Piensas que mi alegría es un poco absurda, un poco fría".
"No digas cosas que no sientes. Sabes que te adoro".
"Cuando estamos rodeados de gente, cambias. Cambias horriblemente".
"No seas pueril. Estás más linda que nunca. Es la primera vez que te veo vestida de amarillo".
"Es el color de los celos, el color de la retama".
"No eres celosa. En tu cuarto, en tu pelo, en tus manos, hay un olor a retama, aun después de que pasó la época de su florecimiento".
"Fui retama en otra reencarnación".
"¿Retama o jazmín?".
"Retama y jazmín".
Me había escondido para escuchar la conversación. Elena Schleider, que me vigilaba, se enteró de todo. Enfurecida, se lo dijo a mis padres, que tenían
muchos hijos y son muy religiosos; ante mi impasibilidad, me echaron de la
casa. El cuento del hijo fue mentira, pero gracias a esa mentira, mi tía quiso protegerme y me tomó como empleada en su casa de modas, a condición de que no me dedicara al teatro. Elena Schleider amenazó matarme si me encontraba
con Pablo. A mi vez, para vengarme, fingí enamorarme de otro muchacho; mi venganza resultó nefasta, pues me enamoré, y Pablo comenzó a perseguirme.
¡Con un automóvil muy lujoso!.
—¿Y todavía está enamorada?.
—No. ¿Usted siempre lleva bigotes?.
—Cuando salgo solamente. Para entrecasa me los quito.
—Quíteselos.
—¿Por qué quiere suicidarse?.
—¿Por qué lleva bigotes postizos?.
—¿Por qué quiere suicidarse?.
—No importa por qué. Ahora tiene que matarme.

—Me ha contado una parte de su vida. ¿Acaso es la más importante?. Falta
la otra. ¿No tuvo cinco, seis, siete, ocho, nueve años?. ¿No tuvo viruela o rubeola?. ¿No tuvo miedo de la oscuridad?. ¿No le contaron cuentos?.
—¿Quiere que mi vida se convierta en Las mil y una noches?. Las personas a quienes detestamos son las personas a quienes les hacemos confidencias
minuciosas. Frente a ellas no podemos modificar nuestra alma. Siempre están ahí para recordarnos cómo fuimos.
—Me resigno. Para cumplir con mi promesa, usted tiene que cumplir con la suya.
—En este momento no podría seguir. Estoy muerta. Quisiera ir a La Rosa
Verde y llevarle de regalo a Cristina el maniquí. Quisiera saber si el hombre ha muerto. Es mi última voluntad.
—Salgamos. ¿Podré pasar por mi casa para buscar el revólver?. Un revólver verdadero.
—¿Usted cree que alguien puede perseguirnos?.
—El revólver es para matarla a usted. Prefiero estar armado. Podría estrangularla o abrirle las venas, pero el revólver es más impersonal. ¿Y esta carta?.
—Es mi carta de despedida.
—Démela. Todo lo que se refiere a su muerte me pertenece.
—Me repugna su manera de proceder.
—¿Por qué besa su imagen?.
—Porque inspira el deseo de besarla.
—¿Y no hay que reprimir los deseos?.
—No. Mi imagen en el espejo es la mejor parte de mí misma. Salgamos.
Espero que apague las luces. ¿Pero qué es esa luz que se ve en las persianas?.
—La luz de la luna. Buenos Aires es mi única ciudad desconocida. Siempre es un puerto, al que acabo de llegar.
—Los espejos son muy importantes. Son el alma de una casa. Los espejos romanos eran pequeños y a propósito para tenerlos a mano.
—No me gusta ver mi perfil. Uno es cruel y el otro idiota. Rompería todos los espejos.
—¿Nadie oyó hablar del espejo ardiente o ustorio?. Se le dio ese nombre,
en la Edad Media, a un espejo cóncavo o parabólico que recogía todos los rayos del sol en un punto llamado foco, donde el calor era tan grande que quemaba.
¡Qué sabia soy!. ¿No admira mis conocimientos de historia?. ¿Arquímedes no abrazó en Siracusa la flota de Marcelo; y Proclo, ingeniero del emperador
Anastasio, no quemó en Constantinopla la flota de Vespasiano, con espejos?. En
el santuario de Démeter, en Patras, había una fuente sagrada que alimentaba un estanque, en cuyas aguas, combinadas con un espejo, se hacían adivinaciones.
—Yo también creo en la magia, en los naipes, en la transmisión de
pensamientos, en la telepatía humana.
—En un templo situado cerca de Megapolis, dice Pausanias que todo el que se miraba en su espejo se veía a sí mismo muy confusamente o no se veía en
absoluto, pero las imágenes de los dioses y sus tronos relumbrantes se veían con claridad. ¡Qué extraña luz rosada entra por la ventana!. Creía que estaba en Megapolis. Creía que era el amanecer. Qué íntimas son las calles, en verano, aunque nos sintamos forasteros. Me olvidaba del maniquí.
—Me olvidaba de los bigotes.
—¿Por qué se disfraza?.
—Para no reconocer a la gente.
—No se nada de ti. Creo que la confianza debe ser recíproca. ¿Por qué no me hablas?. ¿Por qué no me cuentas tu vida?.
—Conozco partes importantes de tu biografía, no lo olvides.
—Los acontecimientos de la vida no forman el carácter de una persona.
—Y la conducta de una persona frente a los acontecimientos ¿no indican el
carácter de una persona?.
—De ningún modo. Hay personas muy difíciles de conocer.
—Te conozco. A nadie he conocido tanto. En el fondo quieres ocultarte,
ocultar tu verdadera personalidad. ¿Por qué no me cuentas tu sueño de anoche?.
—¿Qué obligación tengo de contarlo?.
—Es natural. ¡Qué púdico!.
—Los hombres son muy púdicos.
—Y las mujeres muy desconfiadas. No creo lo que me dices.
—¿Y para qué voy a mentirte?.
—Para conocerme un poco más de lo que crees que me conoces.
—No te miento. Soñé que me matabas.
—¿Quieres hacerme creer que tuvimos el mismo sueño?. Vamos a ver, te maté ¿Y qué más?.
—Me arrancaste el cuchillo que estaba a punto de clavarte. Mientras te abrazaba me lo clavaste.
—Te comportaste como una vulgar reina, en su vuelo nupcial. ¿Y el negro?.
Ese negro que tenía un niño en sus brazos ¿quién era?. ¿Por qué usaba una
máscara?.
—Era Claudio. Pero era también el incendiario.
—¿Cuáles serán tus deseos para que hayas tenido ese sueño?.
—Qué absurdo eres. Pensar que pasaba todas las mañanas frente a La Rosa
Verde y creí que la calle Esmeralda era una vulgar esmeralda. Cuántos días han transcurrido desde ayer.
—Pensar que pasabas todas las mañanas a mi lado, sin verme, y yo sin verte. ¿Por qué vinimos a este sitio?. Preferiría la misma prisión, con la ventanita
pegada al techo, con las pilas de cajas de sombreros.
—No podíamos quedarnos definitivamente allí. Nos hubieran comido los
ratones.
—Me reconcilié con los ratones en esta casa. Tenían una manera de mirar tan graciosa como los ratones que obedecían a San Martín de Porres.
—Tengo miedo.
—¿De qué tienes miedo?.
—No sé.
—Estarás nerviosa porque no has dormido. Tienes miedo del hombre.
¿Temes que haya muerto o que no haya muerto?.
—No es eso.
—Tienes miedo de encontrarme con gente.
—No. Temo que Cristina no viva, que nunca haya vivido.
—¿Y ése es un motivo para tener miedo?.
—Sí. Tengo miedo de que Cristina no exista, que haya sido una aparición. Y si ella lo fuera, también tú lo serías.
—Existo. Existes. Existe el beso que nos dimos.
—Jamás nos dimos un beso. Si crees que nos hemos besado, es que has besado a un fantasma.
—Existen las pilas de cajas, existe el depósito de sombreros, existen los adornos y los fieltros.
—Todo parece tan irreal. Tendría que lastimarme para saber si existo.
—No te apresures. Siempre hay algo que nos lastima.
—Pero me refiero a una herida de esas que sangran, a una herida hecha
con un cuchillo. Por ejemplo, si tuviera un cuchillo me lastimaría.
—No has dormido. Estás nerviosa.
—No tienes imaginación.
—Pero tengo memoria. Tuvimos el mismo sueño. Mi vida es muy pobre. Si te la contara, no seguirías contándome la tuya. No hay tiempo para tantas
confidencias. En las sociedades secretas de indios americanos sólo se admiten adeptos que hayan tenido ciertos y determinados sueños. Sin esos sueños no pueden entrar en esa sociedad. Nosotros tuvimos el mismo sueño...
—Es cierto. ¿No habremos tenido desde que nacimos los mismos sueños?.
Cuéntame los tuyos. Habrás soñado mucho antes de conocerme. Yo sueño siempre conmigo. Cuando era muy niña, tenía conversaciones con mi propia
imagen. Le hablaba con un millón de voces. De noche soñaba con este espejo; tal vez fuera por influencia de mis lecturas: Alicia en el País de las Maravillas me
fascinaba. Dicen que en el momento de morir uno recuerda todos los instantes de la vida. Al disponerme a morir esta noche, reviví frente a este espejo las sensaciones de mi infancia.
—¿No piensas como Stendhal que "el amor es el milagro de la civilización"?.
—¿Todavía tienes ilusiones?.
—Todavía.
—¿Cómo te llamas?.
—Daniel.
—Daniel. Es mi nombre predilecto. En la Historia Sagrada imaginé a Daniel un millón de veces, en la fosa de los leones. Tus ojos son tan claros que me
hacen creer en la verdad. Lástima que nos hayamos encontrado el último día.
—¿El último día?.
—Sí, el último día de mi vida.
—A nadie se le ocurriría pensar que acabamos de conocernos y que por eso tendrías que serme totalmente indiferente, como yo te soy totalmente
indiferente.
—Si sientes por mí la misma indiferencia que siento por ti, estoy tranquilo.
Pero no juegues tanto. No podría hacerte sufrir. Jamás podría hacerte sufrir.
—¿Dejarías todo por mí?.
—Moriría por ti. Y tú ¿vivirías?.
—Hace muy poco que nos conocemos. Y ahora toda esa cuestión del suicidio ¿te parece absurda, verdad?.
—¿Por qué prometiste matarme?.
—Para evitar un suicidio. ¿Quién es Cristina?.
—Es una niña de diez años.
—¿Y qué puede importar una niña de diez años?.
—Es misteriosa, y además tiene diez años, una edad bastante misteriosa.
No sabemos qué hace ni sabemos si existe.
—¿Y qué va a hacer esa niña con el maniquí?.
—Le gusta más que una muñeca. ¿Por qué no me dices tus secretos?.
—Te los diré si consientes en vivir. ¿Consientes?.
—¡Cómo voy a consentir en cosas que no me incumben!. Felices los que
murieron o vivieron en la época en que no existían los espejos. Nada les impedía quitarse la vida como yo quisiera con este inocente vaso. Vete. Quiero verme a mí misma en el espejo. Lo que más me gustó en el mundo fue el agua: beberla,
mirarla, imaginarla. En este vaso la tengo presa, aunque esté mezclada con otra
cosa menos pura. Me acercaré a besarte, espejo. Qué fresca, qué incontaminada, qué parecida a nadie eres. Pego mis labios a tus labios como si nadie pudiera separarnos jamás. Todas las fotografías son espejos de lo que fuimos, pero no de
lo que somos ni de lo que seremos. Deja que me mire. Soy lo único que no conozco. Voy a beber algo mejor que la vida. Por suerte ya sé todo lo que no soy yo. Me acercaré al espejo. Quiero besarme. Nada me impedirá besarme. Nada
me impedirá arrodillarme. Tu boca, espejo, es fresca como el agua. Me da miedo. No existe la distancia que nos separa, ni el frío helado de tu superficie lisa. Voy a morir ahora mismo. Me desvestiré, y quedaré desnuda. Totalmente
desnuda. Si alguien se acerca, que se vaya y me deje sola bajo la mirada mía
que pronto se terminará. Qué extraño ruido. ¿De dónde proviene?. Lo oigo venir desde arriba, como si algo se estuviera rompiendo. Hace tanto que vengo a esta casa y nunca lo he oído. ¿Los ratones se habrán metido detrás del espejo?. O
bien algo se está despegando en esta mole gigantesca. ¿Por qué te tengo tanto
miedo, espejo, si antes no te temía?. Antes me acercaba, ahora me alejo. ¿Me vas a matar?. ¿Te atreverás?. Moriré bajo tus cristales. Me arrodillaré a tus pies.
Me taparé la cabeza con mis brazos para no ver caer tu cascada de vidrios. Qué porquería eres. Me buscaré a mí misma en todos tus pedazos: un ojo, una mano, un mechón de pelo, mis pies, mi ombligo, mis rodillas, mi espalda, mi nuca tan
querida, nunca podré juntarlos.
—Poca voz me queda. Los que me buscan son las alimañas, los ratones, el polvo. La muerte de una persona no es igual a la muerte de un espejo. No creí tener esta suerte de morir contigo.

Silvina Ocampo